domingo, 24 de julio de 2016

Selva

Era agradable contemplar el rastro que dejaba aquella locomotora en el cielo. Eso, y el olor del café recién hecho. Un escalofrío de satisfacción le acarició la espalda. Estaba allí, y no sabía cómo había llegado. Su compartimento era confortable: tenía espacio de sobra, una ventana amplia y limpia, una cama individual —pero cómoda y dura—, además de un sillón que le permitía contemplar el paisaje sin tener que forzar demasiado el cuello. Posiblemente hubiera compartimentos mejores, cierto; pero aquel era suficiente. Había oído hablar del Orient Express, y de vez en cuando fantaseaba con reunir todo lo que éste costaba y viajar hasta Estambul. O tal vez Venecia. Explorar. Algún día lo haría.

Los libros se apilaban en la pequeña mesita que acompañaba al sillón. Allí sentado alternaba pasar páginas con largos periodos observando la naturaleza que desfilaba por la ventana. No sabía mucho sobre los árboles que tenía enfrente y, sin embargo, su belleza le divertía. De hecho, él era de la opinión de que la belleza se contagia, y por ello siempre procuraba rodearse de elementos con brillo.

La vida en el tren era excitante. La gente sonreía, caras nuevas en cada pasillo, caras nuevas que buscaban otras caras nuevas, para conversar, presentarse, ó únicamente intercambiar miradas de júbilo por estar en aquel tren. Al fin y al cabo, eran jóvenes y tenían ante ellos una oportunidad especial. Un atardecer entabló conversación con una peculiar pareja. Él era un personaje imponente, alto y fuerte, de ojos claros. Una de esas personas que estrechaba la mano con convicción, y decía lo que pensaba. Había pasado años en una escuela de ingeniería, aprendiendo a levantar puentes. Ella, tímida y de sonrisa escurridiza, seguía con atención las explicaciones sobre lo que diferencia a un buen puente de un puente magnífico, quizá soñando con recorrer estos últimos algún día. Una sensual mancha de nacimiento donde acababa su ceja derecha la hacía realmente atractiva.

La gente le gustaba; aunque no era lo único. Los cocineros de aquel tren le conquistaban día tras día. En su vida había conocido a verdaderos fanáticos del paladar, amigos suyos que no se gastarían sus ahorros en camisas, viajes u otros vicios comunes, sino que lo darían todo por degustar el más selecto menú. Él, ciertamente, no era así. No estaba educado en las sutilezas de la cocina, no era capaz de diferenciar lo bueno de lo mejor. Sin embargo, disfrutaba con los sabores exóticos que emanaban diariamente de su plato en el vagón restaurante. Además, había adquirido por unos pocos francos un tocadiscos antiguo, junto con varios vinilos de artistas de blues americanos de los que nunca había oído hablar. El ritmo de aquella música rápidamente se apoderó de él. Los detalles a menudo cambian la magnitud de una experiencia, y lo que le enamoraba de aquel sitio era su olor. Simplemente olía a nuevo. Y le gustaba. Mucho.

Muchos de los pasajeros se reunían en las largas noches para beber, cantar y bailar. Era divertido. Él creía en la moderación, y se esforzaba por ponerla en práctica. Por ello, cuando escapaba de sus libros bañados en blues, y se unía a las animadas veladas, no bebía más de uno o dos Old Fashioned, antes de retirarse a una hora siempre prudente. Afortunada o desafortunadamente, los vivos tienen accidentes. Y una noche después del segundo llegó el tercero, y después del tercero vinieron demasiados más. Tambaleándose, y tras torcer todos los cuadros que adornaban el pasillo de su vagón, finalmente aterrizó en su compartimento. El alcohol picaba en su estómago y en su mente. Como no podía dormir, se sentó en su sillón y contempló árboles desfilar.

Por la noche, la luz que emanaba del tren apenas permitía adentrar la mirada unos metros entre la frondosa manada de troncos, hojas y ramas. A menudo se preguntaba qué albergarían aquellos bosques. Ebrio y sólo, la duda le inundó aún más. Todo ocurrió en un instante. El tren marchaba tranquilo, acertó a observar una sombra, siguió el movimiento con los ojos. Una figura humana danzaba por las copas de los árboles, se deslizaba como el agua sigue el curso de un río rocoso: ágil, libre, al compás de la noche. Era parte de aquel bosque. No podía creer lo que veía.

Y fue así como conoció a Selva.

En los días que siguieron le observó durante horas. Sus movimientos, su piel, sus afilados ojos. No lo entendía, se preguntaba quién sería, qué haría allí, cómo podría sobrevivir volando medio-desnudo por la inmensidad del océano verde, en el calor asfixiante del día, en la fría soledad de la noche. Sintió compasión; sintió pena. El salvaje nunca tendría la posibilidad de viajar en su tren. Su mente analítica le incitaba a buscar respuestas. Leyó sus libros, consultó sus notas, reflexionó. La respuesta no llegó.

Una noche, después de varios cócteles, avistó de nuevo a Selva en el bosque. Se decidió a abrir la ventana, y a asomar la cabeza. Inmediatamente, el frío —o el miedo— le golpeó fuerte. Poco a poco el olor de la tierra húmeda, y los sonidos de la naturaleza fueron entrando en él. De repente, se dio cuenta de que tenía casi medio cuerpo fuera de aquel tren. Estaba tranquilo, y fantaseó. ¿Cómo sería su vida como nómada, lejos del calor de su camarote sobre raíles? Jugueteó con la idea de saltar y seguirle, con la convicción del adicto que sueña con poner fin a su amada pesadilla. Por un momento, pensó estar sólo a unos metros de Selva, cuando en realidad les separaban kilómetros. Selva lo advirtió.

El tiempo pasa rápido: los minutos, las horas, los días, y hasta las semanas. A veces olvidaba a donde se dirigía, pero el tren mantenía el rumbo, inmutable. Adelante. La vida en el tren seguía igual. O casi. Era más complicado encontrar caras nuevas y, de algún modo, notó que se veía a menos gente por los pasillos, en el restaurante, en las reuniones nocturnas. La uniformidad crecía.

Y súbitamente se sintió bien. Se encontraba a gusto, asentado. Su compartimento se había convertido en un hogar, ciertos conocidos en amigos, y el tren en su universo. La rutina, ese traicionero calor que anestesia la visión, acalla las preguntas y —en definitiva— complace al alma, le fue dominando lentamente. La vida iba bien, estaba siguiendo el guión que había planeado. Se fusionó con el tren; simplemente avanzaban juntos. Olvidó el bosque; los arboles estaban cada vez más lejos.

La ventana seguía frente a su sillón. No parecía tan grande como antaño y, después de varios golpes, no se podía abrir completamente. Seguía pasando mucho tiempo allí, leyendo y escribiendo, y de vez en cuando Selva aparecía, deslizándose elegantemente a una velocidad endiablada. Luego desaparecía durante largas épocas. En ocasiones regresaba con otros como él, un espectáculo parecido al de esos delfines del mar que se entretienen escoltando a un barco atestado de cámaras.

El aspecto físico de Selva evolucionaba. Varias cicatrices le cubrían ahora una pierna y parte del costado izquierdo, su mirada era más profunda, y su tupida barba daba contundencia a su rostro. Sus músculos, definidos y sudorosos, reflejaban la adrenalina del que no entiende de zonas de confort. Sin embargo, aún había algo en aquel hombre que desprendía un potente aroma a juventud.

Adivinar lo que esconde lo desconocido es imposible; pero intuir la magnitud de lo que puede albergar es sencillamente cosa de brujas. Y es que entonces las preguntas —que se pueden enterrar pero no matar—volvieron con la fuerza de un vendaval. ¿Y si Selva iba y venía entre innumerables trenes a lo largo y ancho del continente? ¿Cómo serían esos trenes? ¿Y sus pasajeros? ¿Qué experiencias, qué recuerdos, qué conocimientos se encerrarían tras esas descuidadas barbas? Al fin y al cabo, ¿quién era el verdadero salvaje?

Se agobió. Necesitaba aire. Oler algo nuevo. Abrió como pudo la ventana y sacó la cabeza. Decenas de Selvas parecían levitar de forma caótica, danzando de rama en rama. Y en ese preciso instante, se le heló la sangre. Acababa de divisar una inconfundible marca de nacimiento en uno de ellos. Se abalanzó hacia adelante para intentar cerciorarse de que sus ojos no le engañaban y, cuando estuvo a punto de perder el equilibrio, se dio cuenta de que estaba más fuera que dentro del tren. Y llegó su momento. La idea y su balanza cruzaron su mente como un relámpago. Podía saltar, intentar volar y adentrarse en un lugar que no aparecía en sus mapas. Podía caer, perderse en la noche ó, tal vez, morir de frío. Volvió la vista atrás, vio su viejo tocadiscos, sus libros garabateados, vio su tren.

[…]

A la mañana siguiente se levantó con resaca. Y solamente vio desgaste. Estaba demasiado acostumbrado al olor de la estancia como para advertir lo que hacía tiempo le había embriagado. Se dio una larga ducha mientras aún pensaba en lo acontecido la noche anterior. El agua caía, pero era otra cosa lo que le taladraba. Se sentía como ese niño que gira hacia la derecha en una bifurcación en busca de caramelos para, repentinamente, intuir que grandes tesoros podrían aguardar al final del camino de la izquierda. Pero sabía que ese mismo niño —caprichoso— posiblemente siempre soñara con montañas de caramelos escondidos en el camino que decidió no tomar. Ese argumento le tranquilizó. Sin embargo, también sabía que él no había girado a la izquierda ni a la derecha: tan solo había seguido recto. Como siempre hacía. Salió de la ducha, y se secó con una toalla aún mojada tras su último baño. Mientras tanto, indiferente, el tren seguía lo marcado por los raíles.

No volvió a ver a Selva nunca más. Puede que los peligros de su mundo se lo hubieran llevado para siempre. Puede que no hubiera sobrevivido a la enésima cicatriz. O puede que hubiera descubierto otros trenes jóvenes, con pintura y olor nuevos, otros trenes más interesantes a los que perseguir. Y —pensó— hasta puede que, sencillamente, hubiera perdido la esperanza de seducirle. Puede que Selva hubiera sido parte de él todo este tiempo, el espejismo de la aventura en su alma, que había ido desvaneciéndose, muriendo, gradualmente hasta evaporarse para dejar barrotes en una ventana que antes daba al mundo.

Y entonces comprendió que era preso en su propia casa. Entendió que jamás iría a Estambul. Ni tampoco a Venecia. Se dio cuenta de que ya no era dueño de su futuro, sólo era espectador del mismo. No abandonaría ese tren; ese tren que ya no olía a nada en absoluto, ese tren con paredes sin misterios y comida sin sabor. Y sin embargo, ese tren le llevaba a un futuro aún desconocido. La idea le reconfortó. Tapó aquella maldita ventana con un póster de colores.

Hizo café; el blues sonó. Sonrió allí sentado.

Y —una vez más—, simplemente se dejó llevar.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El Arte del Huracán. El Arte Huracanado.

El entrenador entró en la sala. Todo su equipo aguardaba. Muchos ojos se clavaron en él. Se aflojó el nudo de la corbata. Y alzó la mirada hacia su público.

- Existe una enfermedad muy común y extendida en el mundo de los grifos. Se conoce como el Síndrome del Pomo Cerrado. Y, créanme, es algo terrible. En ocasiones, el grifo tiene agua esperando. Agua que desea salir. Agua que merece salir. Pero el grifo, tras pensarlo detenidamente y sopesando demasiados factores, entiende y decide que lo mejor es esperar. Simplemente esperar. Esperar a tiempos mejores. O esperar a tiempos peores. Esperar a tener más agua para poder soltar cierta cantidad y, simultáneamente, ser capaz de mantener unos litros en la recámara. Por si acaso. El grifo considera que él no tiene control alguno sobre el agua que le llega. Y, por tanto, debe ser prudente. Prudente. El grifo actúa fatalmente influenciado por la filosofía del agricultor del desierto, ese que no sabe qué día las nubes le sorprenderán enviándole el agua que tanto necesita.

Finalmente, el grifo llegará un momento en que fallezca. Por causas terceras. En ese preciso instante, la tragedia será un hecho. Un grifo que pudo haber llenado el lago Atitlán, apenas habrá derramado unas pocas gotas más que lágrimas la mujer media de Brooklyn. Dicen que la energía ni se crea ni se destruye. Dicen que la energía sólo se transforma. Lamentablemente, esto no ocurre con el agua que un grifo no compartió. Ese agua muere. Desaparece. Probablemente, ese agua jamás existió.

En mi primer día en la Academia de Entrenadores, el director del curso comenzó diciendo “Señores, las decisiones correctas son aquellas que conllevan el menor tiempo de lloros.” Es paradójico, ¿saben? Ese grifo que no quiso llorar en vida, llorará desde cualquier cementerio para grifos. Y lo hará para siempre.

No hay que reservar nada. No hay que guardar las ideas en un baúl cerrado con un candado por miedo a que nos las roben. Puesto que pueden robarnos una idea concreta, o dos, o quizá incluso quinientas, más no pueden robarles la capacidad de generar ideas. Eso es algo que es únicamente suyo. Está grabado a fuego en su mente.

No hay que esperar. Ni por miedo a tiempos de menor inspiración. Ni por inseguridad. No se pasen la vida diseñando, revisando y mejorando un único avión sin llegar siquiera a probarlo. No. Construyan cien aviones y háganlos volar. Habrán conquistado el cielo. Habrán experimentado y visto algunos arder. Aprenderán. Y además el último será espectacular. Cualquier chef con las yemas de los dedos insensibles por las repetidas quemaduras puede confirmar lo que les digo: hasta los más finos manjares de la cocina oriental pierden su sabor si se quedan demasiado tiempo en el congelador. Asuman su responsabilidad con la Humanidad, compartan su talento, compartan todo aquello que tengan dentro. Sea mucho ó sea poco. Y háganlo ya. Llamen a las puertas que se encuentren. Usen su tiempo, pues éste se les acabará cuando menos lo sospechen. Su tiempo es finito. Lo que podrán producir a lo largo de su vida también lo será. No obstante, su capacidad para crear es infinita. Así que no intenten repartir la creación en el tiempo. Lo hecho, hecho queda. Y lo intentado despeja las dudas del alma.

No hay que posponer lo genial. Así habrá tiempo para más.

Amigos, let the water flow. – concluyó con una leve sonrisa.

the time of your life.

lunes, 18 de julio de 2011

El silencio de los mapas de Inés

Fue todo muy rápido. Yo estaba concentrada en mi plano. Era una ciudad que nunca antes había visitado. Tenía que estar atenta para no pasarme de estación, dado que iba con el tiempo justo y una leve desviación del camino exacto conseguiría que el motivo de mi viaje se desvaneciera ante mis narices mediante un cruel “Closed”. Tal pensamiento me recordó lo ocurrido el verano anterior en Florencia. De ninguna manera.

Sin embargo y por un momento, levanté la cabeza pues el tren frenaba ostentosamente al llegar a una nueva estación. Un nombre extraño comandaba el rótulo, la verdad, pero entraba en mis planes ya que había estudiado cuidadosamente la trayectoria que debía seguir. La realidad que aguardaba unos cuantos metros por encima de mi cabeza era algo totalmente desconocido para mí. Y probablemente siempre lo sería. Entonces vino a mi mente la vieja historia – que había oído en más de una ocasión - sobre un remero maltés que consumió su vida en las entrañas de una galera galocha sin llegar jamás a ver el mar. Sonreí.

Entonces - mientras cientos de ingenieros frenaban mi tren - advertí aquella figura. Inmóvil en el andén. Erguida. Con un paraguas negro. Negro, plegado y firme. Desprendía la convicción de aquel que sabe que la puerta obedecerá sus deseos y se posará exactamente frente a él. Y así sucedió. Avanzó un par de pasos y entró en el vagón. El tren se puso de nuevo en marcha.

He de reconocer que desde el principio captó mi atención. Tengo vecinos de vida que jamás lo admitirán, no obstante, créanme, con apenas ver los ojos de una persona soy capaz de saber con quién valdría la pena recorrer la Muralla China a paso lento ó cuando es preferible mirar el reloj dos veces, hacer un falso aspaviento y salir corriendo a ningún lado en particular.

Por su parte, él parecía más interesado en conseguir alcanzar la siguiente estación sin haber movido un sólo músculo del cuerpo que en lo que ocurriera en el resto del vagón. Era más joven de lo que había imaginado en un primer momento. Y más guapo.

No sé cuántas estaciones me pasé mirándole. Muchas, creo. Era cómodo pues no había riesgo alguno de ser descubierta. Inventé setenta vidas para aquel señor. Todas extravagantes. Ninguna real. Finalmente, apareció tras mi ventana y sus cien grafitis el nombre que buscaba. Era mi estación. Me levanté.

Supongo que fue, en gran medida, debido a una mezcla de prisa, nerviosismo y la poca habilidad que me había caracterizado desde pequeña. Además, mi manía por llevarlo todo en las manos fue la gota que colmó el vaso. Al intentar cruzar la puerta para acceder al andén, mi bolso golpeó al extremo izquierdo de las puertas automáticas, desestabilizándome. Aún así, en última instancia pude conseguir no caerme agarrándome a la barra alrededor de la cual se deslizaba la propia puerta. Como consecuencia, tuve que soltar lo que llevaba en mi mano izquierda: el plano de metro, la entrada y un recorte de periódico. Aterrizaron dentro del vagón, a escasos centímetros de la puerta. Aturdida, observé como las puertas comenzaban de nuevo a cerrarse. En ese momento, el caballero del paraguas negro dio un paso adelante y extendió su brazo de modo que la puerta no pudiera cerrarse. Apuesto a que habría mostrado la misma seguridad para pedirle a un león que se sentara. Se agachó despacio y recogió mis cosas del suelo. Suspiré aliviada.

Al levantarse, me ofreció en primer lugar el recorte de periódico. Lo acepté y antes siquiera de poder agradecérselo, dirigí mi mano de forma automática hacia el plano de metro. Sin embargo, no me lo dio. Retiró la mano con la cual lo sostenía. Apenas pasó una fracción de segundo. Mi cara no lo entendía y él me miró a los ojos. Luego comenzó a hablar:

- Sólo origen y destino. Únicamente dos chinchetas: una azul y otra roja. Dos puntos. Lo demás nos da igual. Nos pasamos la vida decidiendo donde ir y siguiendo mapas para lograrlo. Siguiéndolos en silencio y sin levantar la cabeza de ellos. Sin levantar la cabeza por miedo a desviarnos, a llegar tarde, a perdernos. Y, sin embargo, realmente nos perdemos el camino, el cual es, en general, mucho más valioso en sí mismo que su desembocadura. Preferimos arrastrar el dedo por un sucio papel que la mirada por un paisaje, preferimos lo discreto en detrimento de lo continuo, preferimos la confortabilidad de los puntos ante la inmensidad de las rectas que los conectan. Corremos para no andar, para no ver, para no tener la responsabilidad de saborear. Nos quema la trayectoria, nos metemos bajo tierra para no ver lo intermedio y poder esperar ansiosos, acurrucados y cálidos con el único fin de, finalmente, subir las escaleras de nuevo para acceder a nuestro destino. Sanos y salvos. Sin habernos expuesto al proceso, al cambio. A la evolución. Somos forofos de los railes, amantes del ascensor veloz y fanáticos de los siete hitos que resumen una travesía, independientemente de su magnitud. Olvida tus mapas y disfruta del fin disfrazado de medio.

Llegas tarde, Inés. – añadió extendiéndome la entrada.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

sábado, 24 de julio de 2010

El universo de Chloé y los caramelos morados

Pasajeros del vuelo IB6871, embarquen urgentemente por la puerta 42.
Pasajeros del vuelo
IB6871, embarquen urgentemente por la puerta 42.

Tras una alocada carrera voy a terminar a mi asiento, el de la ventanilla izquierda en la fila tropecientos de un avión atestado de gente de todo tipo. Junto a mí, se encuentra una cautivadora renacuaja de apenas tres palmos y que, probablemente, aún no haya sido capaz de apagar más de una o dos velas a lo largo de su historia.

Antes de despegar apago mi móvil soltando al aire una comercial melodía, y cautivando así la atención de la diminuta dama de rasgados ojos negros y pelo azabache. Me mira como lo hace un bebé, con entrega total, sin miedo al cruce de miradas durante segundos y segundos. Proponiendo un enlace eterno. Aprendiendo de todo.

Y entonces ella comienza el juego. Como por arte de magia, saca de su bolsillo una increíble piruleta de colores, un tesoro que habría hecho perder la cabeza a algunos de los más ilustres nombres de la historia. ¿Quién sabe si Cristobal Colón no hubiera pospuesto su búsqueda de las Indias para centrarse en conseguir aquel magnífico caramelo? Supongo que es una de esas cosas que tan pronto como las ves sabes que se hicieron para ser tuyas. Y aún más, ¿cómo demonios habría conseguido ese monigote de mirada hipnotizante - a su corta edad - tan dulce alhaja? Yo la miraba a ella, ella miraba a su piruleta y su piruleta miraba al universo entero. Tenía que ser mía.

- Hola, creo que vamos a compartir un largo trayecto en este avión, y considero razonable que nos presentemos formalmente y sepamos un poco más de nuestro compañero de viaje, ¿no? - dije tratando de ser simpático.

Sus ojos estaban fijos en mí. Por primera vez, se le escapó una juvenil sonrisa. Parecía divertida. Ante la falta de respuesta, entendí que estaba completamente de acuerdo.

- Me llamo Carlos. ¿Y usted? - añadí extendiéndole la mano.

Con su mano derecha mantenía firmemente agarrada la piruleta, y ahora sus ojos escrutaban mi mano tiesa en el aire. Parecía un poco desconcertada, aunque para conseguirla estoy seguro de que habría tenido que protagonizar decenas de presentaciones a lo largo y ancho del mundo pidiendo pistas sobre su paradero. Tras unos segundos de duda, y tras animar fervientemente a la guapa azafata que se enfundaba un llamativo chaleco salvavidas para explicar cómo actuar en caso de catástrofe, finalmente accedió. Emitió un peculiar sonido que probablemente ningún catedrático de filología del mundo podría haber entendido. Acto seguido, con su rechoncha manita agarró mi dedo meñique, y durante unos pocos segundos movimos aquel extraño encaje hacia arriba y abajo.

Ya éramos amigos. Probablemente, para siempre.

- No es mi intención ofenderla, pero considero de una dificultad que excede mis posibilidades la pronunciación de su nombre, que es muy bonito desde luego. - dije utilizando todo mi poder diplomático.

En su cuello reposaba una fina cadena de plata, que unía ambos extremos de una plaquita donde podía leerse en letras caligráficas la palabra Chloé. Aquello me dio una excelente idea.

- Sin embargo, estimada señorita, la llamaré Chloé. Si no le importa, claro está. ¿Puedo tutearla? - dije más pendiente de la piruleta que de ella.

Al oír aquel nombre, una sonrisa se adueñó de su cara y empezó a mover las piernas y los brazos con excitación. Casi recibo un violento piruletazo en la cabeza, un rápido movimiento me salvó de perder el juego nada más empezar. Para ser honesto, su reacción incluyó algún que otro sonido pero me fue imposible descifrarlos. Así pues, la diminuta señorita se llamaba Chloé. Chloé de Arco, supuse...

Mis recursos allí sentado eran ciertamente limitados. ¿Cómo podría convencer a Chloé para que me entregara su piruleta? Metí la mano en mi bolsillo y vi qué podía encontrar. Saqué un caballo de ajedrez, pero no uno cualquiera, uno pacientemente tallado en mármol blanco por un artesano indio al que conocí en uno de mis viajes. Una pieza de un valor sentimental - e incluso económico - incalculable. Aquello era un trato justo, amigos. Lo puse encima de su mesa plegable, y simule el movimiento del caballo un par de veces. De nuevo, sus ojos abiertos de par en par - haciendo casi imposible ver su nariz enanilla - estaban embobados contemplando los saltos de mi mágico corcel.

Se lo ofrecí a su mano vacía, a la vez que esperaba con mi otra mano su piruleta. Pero Chloé, definitivamente, tenía otros planes. Me arrebató el caballo sin piedad, rió encantada, lo zarandeó un poco y posteriormente lo lanzó hacia los confines del mundo. Emitió la carcajada de bruja que demuestra que el inocente ha sido engañado vilmente. Yo, por mi parte, nunca volví a saber de él. Luego lo comprendí. Ella debía ser una reina. Y yo la había insultado, ofreciéndole un simple jinete, quien sabe si de su bando o incluso del equipo contrario.

- Chloé, ¿tu crees en el destino? - intenté.

Se quedó largo tiempo en silencio, pensando. En ese momento, el comandante se presentó y ella consideró más importante atender a sus interesantes explicaciones que a mi burda treta.

Cogí la revista de la compañía, que descansaba enfrente de mí. Pasé unas cuantas páginas. Había aprendido que en cualquier negociación es bueno, de vez en cuando, dar un tiempo de descanso. Tras unos minutos, llegué a la sección de mapas, donde se reflejaban todos los destinos de la aerolínea.

- Querida, aquí es donde nací yo. - dije señalando sobre el mapa - ¿y tú, amiga, de donde has salido? - pregunté.

Chloé miraba sonriente el mapa, movía la cabeza buscando probablemente su lugar de procedencia. Seguro que era un lugar exótico, se veía en sus ojos. Empezó a bailar, allí mismo, sentada en su asiento y atada por un doble cinturón adaptado a sus pequeñas dimensiones. Le gustaban los mapas. Finalmente empezó a dar manotazos sobre el océano Indico.

- Ahmm. Así que eres una hija del océano Indico. Fascinante, querida. - espeté con total sinceridad.

Dicen que los hijos de los océanos lucen la belleza del más asombroso pez de colores que por ellos pasea, la grandeza de espíritu de las sirenas y la fuerza de las olas de alta mar en sus ojos. Pero hay pocos. Muy pocos. Yo tenía enfrente a uno de ellos. Y sólo quería robarle su divina piruleta...

Rebusque en mi bolsillo, y encontré un pintalabios rojo para el que no recordaba una explicación. Desde que lo saqué, la mirada de Chloé fue prisionera de - en sus pensamientos en Chloéliano - aquel extraño artefacto. Lo situé encima de la mesita que reposaba enfrente de la genuina mujercita. En ese preciso momento, parecía que Chloé había conseguido lo que muchos perseguimos y perseguiremos, pero jamás conseguiremos, olvidarse de todo, aislarse del mundo, las ideas y las palmeras, y centrarse únicamente en su juguete. Para luego jugar. Cogió el pintalabios abierto, y - como un tornado de apenas 10 kilos que era - impregnó su color en todo cuanto se puso a su paso. Ella tenía ese poder especial, nunca dejaba indiferente a nada que cayera en su radio de acción. Realmente, no sé qué fue del pintalabios. Probablemente, cuando se cansó de él lo lanzó al infinito, para dibujar las heridas mortales al olvidado corcél blanco. ¿Acaso importa?

¿Qué puede querer una reina? No es una pregunta trivial, y yo no era capaz de responderla. Mi rival era más fuerte que yo. No por sus bíceps del tamaño de uvas, tampoco por ser capaz de seguir las conclusiones de frías y calculadoras estrategias, no. Era una cuestión de filosofía. De escalas. Aquella dama no sabría, posiblemente, ni donde estaba, ni a donde se dirigía. Pero, no existía un sólo motivo en el universo que pudiera desanimarla, pues un simple caramelo morado de tienda de barrio sería capaz de devolverle toda la felicidad del mundo en apenas un instante. Compañeros, la niña era invencible.

Aceptando mi derrota, me puse a mirar por la ventana. Desanimado, saqué lo poco que quedaba de una bolsa de 300 gramos de M&Ms y volqué una sucesión de bolas de colores en mi mano. Ahí se produjo el milagro. Inesperado. Sin más. Como la vida misma.

Poco más puedo decir: Chloé se volvió loca.

Soltó la piruleta. Sin preocupación. Sin pasado, sin futuro. Sin mente. Y se abalanzó sobre el delicioso chocolate. Yo, por mi parte, sorprendido y creyendo tener el secreto de todas las reinas, agarré aquella piruleta con fuerza. Y he de decir que la vi más fea en ese mismo instante. Tal vez lo que habría quitado el sueño al Sr. Colón habrían sido las revoltosas pelotillas de chocolate.

Había logrado volver a ser niño por un rato. Caminar sin memoria. Poder actuar como en un videojuego, donde las consecuencias no son reales. O tener un piso en Paris donde bailar el último tango sin recordar nombres ni circunstancias cada martes por la noche. Y sin embargo, ella, la linda aventurera cuyo tamaño burlaría cualquier trampa de película de pirámides, no había notado nada especial en la situación. Nada. Pues para el que es copiloto del viento, nadar entre las nubes, adelantar a los pájaros más veloces y desafiar el rumbo de las veletas de los campanarios de mayor altura no es sino el pan de cada día, la obligación y el único destino. Lamentablemente con los años, y como tantos otros, era altamente probable que Chloé perdiera la nacionalidad oceánica. Quién sabe...


Mientras, ahí abajo, el semblante de Londres me despedía con la suavidad propia de los amantes que saben que, algún día, se volverán a ver.

lunes, 28 de junio de 2010

Rugidos de jirafa

Nadie sabe su nombre. No tienen pasado. Quizá tampoco reino. Y sin embargo, rugen. Con fuerza. Supongo que, en la soledad de las largas noches, perdidos en su prisión en los márgenes del mapa de guantera - donde el viento ya no sopla, ni las estrellas brillan -, miran fijamente a la Luna y le hacen la misma pregunta que tantos y tantos olvidados niños de orfanato, tras las rejas de su particular ventana.

Sin presentaciones. Así funciona. Prostitución discreta. Una semana tras otra. Te entregan las llaves en un sobre medio abierto, con apenas un número garabateado en él, en color rojo y caligrafía irregular. Llegas, sonríes, abres. Te quitas la chaqueta. Cierras la puerta. Introduces. Giras. Una vez, dos... Sólo un leve gemido viola el silencio. Luego lo conduces tú. Sí, hasta donde quieras.

No hay amor. Ni una pizca. Y probablemente por ello, el acelerador se pisa a fondo. Sin piedad, sin respiro. A veces con dirección, otras sin destino, pero siempre al límite. Ese fino freno hecho de consecuencias y respeto parece estar desactivado. Cuando el miedo no existe, entonces sí se puede volar.

Realmente, es él quién te mira a los ojos. Te examina, cuidadosamente. Medita. Juzga. Y este: el mentecato número 18793, ¿qué buscará? ¿querrá realmente aprender mediante ese tipo de aventuras cuya huella es imborrable en nuestra identidad? ¿O, tal y como tantos otros, sólo buscará un calmado paseo que le permita obtener un par de fotografías para poder justificar el tick en la correspondiente casilla?

Los leones no son esos depredadores de hermoso pelaje y majestuosa figura que no necesitan siquiera rugir para reinar. No hombre, no. Son las jirafas y las ardillas, pero no las más altas o las más rápidas, sino aquellas que tienen un arco y cinco flechas, y que cada vez que avistan la diana, simplemente disparan. De hecho, los leones son como los coches de alquiler.

Sin matrícula ni dueño. Pero siempre con gasolina.

martes, 13 de abril de 2010

Trayectorias

Nacen sólo cuando hay tormenta. Y son hermosas. No hay dos iguales. Lanzadas desde el precipicio más alto cuando aún no saben siquiera volar, parecen condenadas a bailar al son de los deseos del viento. Tonterías. Alguno apostaría a que su destino está escrito desde el preciso momento en que son soltadas, y los hay que irían incluso más lejos, afirmando que cualquier meteorólogo entendido podría - no sin cierto esfuerzo - calcular el lugar exacto donde todo acabará y habrá acabado. Pobres ingenuos...

Tienen voluntad propia, deciden mecerse en las ráfagas más atractivas para cambiar de rumbo y apuntar al océano índico, a la caldera de la cumbre del volcán Mauna Loa o simplemente a la reluciente calva de un visitante que espera en la cola del Louvre. A veces, las más valientes, decidieron tirar aviones y hundir barcos, inundar ciudades o apagar fuegos, caer justo encima de la semilla que daría luz al árbol más alto del mundo, aportar el último empujón a la manzana de la gravedad o, quizá, desfigurar las últimas letras de un final triste, y lo consiguieron, desde luego. Entonces, tras un tiempo prudencial, lo olvidan todo y vuelven a subirse a su montaña rusa esperando otra brutal bajada. Y así poco a poco, cambian el mundo. Gota a gota.

Pero los únicos que realmente lo comprenden son ellos. Se plantan delante de una ventana en una noche lluviosa. Con su olfato blanco, deciden no mirar más allá - y así ver algo -, prefieren ver lo primero, lo cercano, lo real. Observan cómo innumerables senderos desfilan por la ventana. Unos descienden rápidamente y en línea recta; probablemente algún día se arrepentirán de haber cruzado sin mirar alrededor. Otros describen mil curvas, rebotan, frenan, pelean y se empeñan en vivir el mayor número de aventuras posible antes de aterrizar definitivamente. Y ellos, los bebés, sólo pueden sonreír absortos, tratando de tocarlas y jugar con ellas a través del delgado vidrio. Pero no pueden. Sus rechonchos deditos son incapaces de atravesar el fino muro. Ahí caen en la cuenta. No pueden enderezar sus voluntades. Nadie puede. Y es que tienen espíritu salvaje.

domingo, 21 de marzo de 2010

Juegos

Con el tiempo uno descubre la amplitud, el océano, la sabana africana. Por supuesto, hay una vela diferente para cada mente, para cada ocasión y para cada discurso. Las hay rojas y azules, circulares o cuadradas, las hay sin olor alguno - para que el lector imagine y decida - o aquellas que desprenden la más dulce esencia del este, las hay verdes o amarillas, con una y mil mechas, las hay que no caben en el jardín de un rey aunque existen esas que entran en el bolsillo de cualquier americana de pana, y desde luego, las hay encendidas pero también apagadas.

La vela sin su fuego no es más que un astronauta sin escafandra, un músico sin su instrumento o, a lo sumo, un patrón sin marineros. Es triste. Pero no está más muerta que las que creen estar encendidas por portar una ligera y monótona llama que nunca soñará siquiera con cambiar el mundo. Cuando el rastro de cera carece del grosor característico de la pasión, cuando no hay altibajos ni montañas de cera en el suelo, precedidas y seguidas de curvas imposibles, si faltan los goteos que indican que en alguna ocasión se perdió el aliento pero nunca el fuego, o cuando una vela rechaza tocar el cielo al precio de morir rápidamente, entonces es que, tal vez, vendió su alma. Pero como dijo aquel genio, eso es algo que se descubre únicamente con el tiempo.




Ahora súbanse y disfruten el paseo.

viernes, 12 de marzo de 2010

La princesa y la bestia

Su abuelo la fundó a principios de siglo. Inicialmente sólo tenían dos modelos. El primero de ellos - el que realmente hacía salir adelante a la humilde familia - era el requerido por el uniforme del motor de aquel pequeño pueblo, la fábrica de cerveza. No era más que un simple azul oscuro, y por supuesto, liso. Eso sí, con una orgullosa etiqueta en el reverso, donde podía leerse en elegantes letras caligráficas "Faith". Más que una etiqueta, era la seña de identidad de esos cincuenta gramos de esperanza para aquellos que se levantaban día tras día para ir consumiendo su vida poco a poco - y sin poder hacer nada - entre la monotonía de los botellines de cerveza. El otro modelo era para los domingos. Alegre. Vitalista. Con una textura más suave y dulce pero un mensaje más rebelde. Sin embargo, pocos podían permitirse una segunda corbata, y la mayoría debían conformarse con llevar la de todos los días también el domingo. Ese día iban todos a la plaza, para compartir el día de fiesta con amigos y familiares, entre tertulias y cotilleos, entre sueños sobre cómo sería su vida si fueran los millonarios dueños de la fábrica y bailes en corro, entre bocadillos de cualquier fiambre barato y carcajadas que no tenían precio.

Su padre continuó el negocio cuando su abuelo murió. Él era más atrevido, uno de esos tipos genuinos que levantan la mano cuando piden voluntarios y sólo después preguntan en qué consiste la aventura, uno de esos catedráticos de la importancia, con gracia y barba, que cuando es preguntado acerca del porqué de su sonrisa, no entiende la pregunta. Reformó y amplió la vieja tienda, diseñó una infinidad de modelos, de mil colores y estampados e incluso adquirió alguna de esas privilegiadas: las de siete dobleces. Cada vez que tuvo tiempo y dinero, viajó por el mundo en busca de nuevas ideas, de sabios secretos y asombrosas sedas. Amaba lo que hacía y, por ello, le dedicaba todo su tiempo y energías. El día en que su hijo pudo andar, le dejó sólo en mitad de una de las caóticas galerías de la tienda, para que experimentara, para que descubriera por él mismo, para que eligiera su rumbo por primera vez. Y fue en aquel preciso momento cuando lo supo, cuando su hijo volvió de la trastienda, a veces andando y a ratos gateando, con una carísima corbata italiana de seda atada de cualquier forma a modo de cinturón, con una corbata de estampado clásico en la mano izquierda y, sobre todo, con una sonrisa que no cabía en la tiendecilla. Algún día él la heredaría. Y así fue.


Había estado lloviendo intensamente durante las últimas semanas. Eso no era un buen presagio. Muchas cosechas se habían perdido y la gente andaba nerviosa. Es demasiado duro ver llorar a tu hijo porque tiene hambre...

Aquella tarde hacía mucho frío, aunque el cielo estaba despejado. De repente, alguien abrió la puerta y entró. Sus ojos tenían miedo, sus manos sudaban y le envolvía una atmósfera tal vez invisible, pero triste y agitada. Se acercó al humilde mostrador.

- Mmm... ehm... Quiero una corbata. - dijo con voz entrecortada aquel tipo.

- Estupendo. ¿Y qué tipo de corbata quiere? ¿Para qué piensa usarla? ¿Color? ¿Alguna pista? ¡Tenemos montones de corbatas diferentes, amigo! - contestó alegremente aunque algo desconcertado.

- Una verde. Quiero una verde. Para ir a trabajar. - respondió el hombre de piel castigada por el sol.

Con un movimiento rápido, el profesional de las corbatas desapareció tras las cortinas que daban acceso a la trastienda. La situación le resultaba extraña, apostaría a que aquel hombre no requería para su trabajo nada diferente de una azada, y por su pinta, igualmente apostaría a que no nadaba en una situación propicia para hacer un desembolso considerable en una corbata. Sin embargo, siempre había pensado que hay que darle al menos una oportunidad a lo increible, sería inadmisible la falta de fe en un lugar tan estrechamente vinculado a ella, así pues buscó dos corbatas verdes diferentes. Por las prisas, incluso dejó las cajas fuera de su sitio - cosa que nunca hacía - y volvió al mostrador rápidamente.

No perdió la sonrisa. Simplemente, la dulzura que desprendía tornó en decepción. Aquel hombre sostenía una afilada daga en su mano izquierda y una pequeña bolsa de tela en la otra.

- Todo. - ordenó extendiéndole la bolsa.

Entonces lo comprendió todo. En una batalla de hace muchos siglos, cuando a un simple carpintero de aldea lo plantaban en infantería ligera, en primera línea, aunque él no supiera apenas cómo sujetar la espada pero llevara encima el peso de sus tres hijos y esposa, el miedo era ensordecedor. Atronador. Paralizante. Mareante. Tal vez una de las pocas veces en las que el corazón se hiela. Pero todo eso sólo puede vivir en el preludio, compañeros. En el preludio. Cuando relinchaban las trompetas, cuando gritaban los tambores, hasta el más sencillo guerrero sabía que debía luchar a muerte, salvajemente, sin contemplaciones, sin absurdas miradas atrás, y que ese era el único camino por el que podía escapar de ella.

- Si te doy lo poco que tengo, aquello por lo que he luchado durante toda mi vida se habrá esfumado en apenas segundos. Aquello por lo que lucharon mi abuelo y mi padre durante años habrá caído con la fuerza del espejo que se estampa contra el suelo. Tal vez otra vida para levantarlo, a lo mejor tan sólo siete años de mala suerte o quién sabe, ¿la herencia de un familiar lejano, mañana?. Sin embargo, amigo, ese pequeño rincón por el que algo dentro de ti combatió desde el primer día, posiblemente escondido donde nunca te atreviste a mirar, tu tesoro de ser hombre, también quedará devastado. Y algún día, cuando te azote algo mucho peor que el hambre, no podrás refugiarte allí. Entonces, ya sólo serás una bestia.

El atracador bajó el brazo con el que sujetaba la bolsa. Pasaron unos segundos que envejecieron a ambos al menos una docena de años. La vergüenza que le inundaba le impedía mantener la mirada fija en los ojos que reposaban detrás del mostrador. Recordaba a aquel buen hombre. Solía ir a la iglesia algunas tardes, a contar lo que había visto en sus aventuras por el mundo o simplemente a inventar historias de vaqueros legendarios. Largo tiempo atrás, él había sido uno de esos desdichados niños que disfrutaba, absorto, con cada visita suya. Finalmente, levantó la cabeza.

- Todo. - ordenó extendiéndole la bolsa de nuevo.

Siempre hay una jugada maestra guardada para los que tienen fe. Cuando parece que todo está perdido, todavía hay una escotilla por la que burlar la tragedia. Pero, a veces, hasta una simple caja de cartón fuera de sitio puede tirar nuestra última carrera por la borda.


Gobernaba ese sol traicionero que luce y no calienta. Ella bajó como todas las tardes hacia el parque. Era su pequeño respiro diario. Estar rodeada de gente la quemaba, necesitaba la soledad. Bendita soledad. Además, para ellos no era más que la extraña chica que nunca tuvo padre. Y no era cierto. Su padre dejó un regalo para ella, al menos uno, aunque sólo ella lo supiera. Siempre lo guardaría, era su único vínculo con él. Sí, una corbata. Verde. Era bonita. A ella le gustaba mucho. Como aquel paseo diario, como aquel parque y como aquel banco. Se sentó.

Desde él, podía ver todo el pueblo y también las montañas y el río. La imponente iglesia que surcaba el cielo, la chimenea - fumadora compulsiva - de la centenaria fábrica de cerveza, la antigua tienda de corbatas trágicamente cerrada muchos años atrás, la nueva librería donde se podía conseguir prácticamente cualquier cuento de piratas... Y, por supuesto, la pequeña y misteriosa placa que vivía en aquel banco desde antes que ella en el mundo. El enigma encerrado por "En honor a los que dieron lo poco que tenían, porque su espíritu nunca se podrá esfumar." había conseguido que ese banco fuera su elegido. Se sentía en casa. Estaba en casa.

Y entonces ocurrió. Un atardecer más. No lo podía evitar, un escalofrío recorrió su cuerpo de extremo a extremo. Ese grito feroz, ese intenso dolor expulsado al mundo, esa solicitud a Dios para que cesara su eterno sufrimiento cuanto antes. Un descorazonador alarido proveniente de alguna de las montañas cercanas rompió la tranquilidad del pueblo y llegó a cada rincón del mismo. Nadie lo sabía a ciencia cierta. Pero había rumores. Varios, la verdad. Algunos decían que era una bestia que vagabundeaba por colinas y cuevas, otros hablaban de un alma errante que no encontraba donde esconderse de si misma y también había quien defendía que era simplemente una mirada demasiado avergonzada como para vivir por el día. No obstante, todos coincidían en que posiblemente aún llevara al cuello unos gramos de fe y esperanza robada.

La princesa de piel tostada se levantó y, lentamente, se fue.

viernes, 1 de enero de 2010

Las cerillas del farero

Esta es la historia de un hombre que cambió el mundo. Sí, como lo oyen. El mundo se puede cambiar de infinitas formas, algunos lo cambiaron con su pulgar en un coliseo, otros con un poema escrito durante largas noches de insomnio, incluso estando debajo de un manzano en el momento correcto - y con una buena dosis de talento - puede uno subirse al barco. Al barco de aquellos que entienden que en cualquier viaje de vacaciones a un país exótico de Sudamérica, hay que introducir en nuestra propia esencia un poquito de ese espíritu salvaje que allí se respira, pero igualmente hay que enterrar una dosis del nuestro al lado del árbol más bonito que encontremos.

No está muy claro porqué acabó allí. Necesitaba un trabajo urgentemente y una noche en una sucia taberna del fin del mundo un viejo borracho comentó que había un puesto vacante en un faro solitario. No se lo pensó dos veces, los trenes sólo paran siete minutos en cada estación. Mató el último gin tonic de un trago y se fue a caminar. Le encantaba caminar por la calle y observar, observarlo todo. Se preguntaba constantemente cómo funcionaba todo lo que nos rodea, desde los semáforos, coches y aviones, hasta las propias personas y sus sentimientos. Sin embargo, su último año en la escuela fue cuando apenas contaba doce años, y por lo tanto, sus conocimientos eran bastante limitaditos. No obstante, no importaba, para cada duda inventaba una respuesta: había decidido que los semáforos eran una extraña especie de seres vivos - probablemente provenientes de un lejano planeta - cuya alma tenía tres estados de ánimo y que, mágicamente, siempre que se reunían varios vecinos para charlar un rato, al menos uno de ellos estaba eufórico. Se paró. Estaba enfrente del río.

Un antiguo puente de piedra cruzaba el río. Era como aquel desdichado rey al que le robaron la corona y también la majestuosidad de la mirada, o tal vez como esa flor que un día fue la más bonita del mundo pero finalmente sucumbió al tiempo, perdiendo sus colores, su olor y su voz. Era una pena, pues el que nació con un don no debería perderlo jamás. Estuvo mirando al puente durante un buen rato y decidió que había que pintarlo, iluminarlo mejor, arreglar la carretera que lo atravesaba... Siguió caminando, pensando en si, como algunos valientes afirman, la vida pirata es la vida mejor. A partir del día siguiente él se encargaría de que cientos de sueños piratas no reposaran en el fondo del mar.

El faro estaba solo contra el peligro. Abandonado a su suerte. Faro y farero. Farero y faro. Y mucho mar. Las horas allí se hacían largas y pesadas. Por eso, empezó a bailar.

Un jueves cualquiera decidió luchar. Se acercó a su escritorio y cogió un folio. Plasmó en él sus ideas para rejuvenecer al puente con el lenguaje más formal que pudo elegir, dirigió la carta al mismísimo alcalde del pueblo y en cuanto le fue posible la mandó. Esperó impaciente. Pasaron días, semanas, meses. No llegó ninguna respuesta. Dicen los sabios que la llama que inunda a los que esperan una respuesta es la que mejor calienta, pero también se corre el riesgo de abrasarse con la esperanza y esas heridas nunca cierran. Es más, la reacción que convierte ilusión en melancolía, la reacción mata-sueños - como es comúnmente conocida entre los magos del Amazonas - es la más cruel que existe porque juega con la verdad y el deseo llevándolos lentamente al desengaño.

Un miércoles cualquiera decidió que iba a ganar. Se acercó nuevamente a su escritorio y cogió otro folio. Trato de explicar de nuevo sus motivos para proponer que se hiciera justicia con la dignidad de aquel puente, aunque esta vez añadió una cerilla y una frase. La frase decía algo así: "Pueden prender mi carta si quieren, pero miércoles tras miércoles seguirán recibiendo los sueños del farero dado que estos no se pueden quemar."

Como había prometido, tempestades terribles, olas gigantes y soleados días de pesca contemplaron los gritos de su pluma. Incontables miércoles volaron. Sin embargo, su buzón siempre estaba vacío. Pero creía. Creía.

Un martes cualquiera se encontraba bailando. Bailaba el vals de la boda que nunca protagonizaría con la mujer imaginaria que nunca tendría en sus brazos. Probablemente, hasta la música estuviera únicamente en su cabeza. Definitivamente era grandioso. Un vals silencioso en medio del océano. Y entonces sucedió. Llegó el pequeño barco que le solía traer el contacto con el mundo exterior. Y sí, esa vez sí, llevaban una carta para él.

Los fuertes latidos de su corazón demostraban que en esos momentos de incertidumbre, en el puntiagudo instante que puede decidir si los castillos caen o los caballeros conquistan, si la dama se casará contigo o preferirá caminos separados, es cuando uno más disfruta del juego. Abrió la carta con delicadeza, había esperado mucho tiempo. Sacó el contenido, únicamente una fotografía.

Era su puente. Era su puente renovado con sus ideas y propuestas. Y arriba a la izquierda lucía el Sol. Además, en una de las pilas del puente, a la vista de todo caminante que viniera por la ribera del río, se podía leer "Puente del farero", cuyos trazos estaban plenamente hechos con cerillas.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Just a butterfly

Embedded in the mud, glistening green and gold and black,
was a butterfly, very beautiful and very dead.
It fell to the floor, an exquisite thing, a small thing
that could upset balances and knock down a line of
small dominoes and then big dominoes and then
gigantic dominoes, all down the years across Time.



Ray Bradbury (1952)

lunes, 26 de octubre de 2009

Koan V

Ikkyu, el maestro Zen, era muy listo incluso de joven. Su maestro tenía una valiosa taza de té, una rara antigüedad. Un buen día Ikkyu rompió la taza. Al oír los pasos de su maestro, escondió los trozos detrás de su espalda con una mano. Cuando el maestro apareció, Ikkyu le preguntó:

"¿Porque tiene que morir la gente?"

"Es natural." - explicó el maestro - "Todas las cosas tienen que morir, pues son finitas." - concluyó.

Ikkyu le mostró a su maestro los trozos de la valiosa taza, añadiendo: "Le ha llegado el momento a tu taza".

martes, 20 de octubre de 2009

Corriendo

Aquello iba a comenzar. Apenas cuarenta y cinco grandes zancadas y un suspiro. Y nunca mejor dicho, ya que había sido entrenado para tener que respirar una única vez durante la prueba. Luego todo habría acabado. El viento de cabeza era un inconveniente, pero no más que eso. Fue el último en situarse en los tacos de salida, mientras miraba de forma desafiante al público que defendía otras banderas. Le gustaba competir en territorio enemigo, sentía que la presión se esfumaba liberándolo como a ese niño que llega a clase con la mochila rebosante de libros el primer día de curso y la deja caer para siempre al suelo. La furia de las gradas sólo lo hacía más fuerte. El Carmina Burana desfilaba por sus cascos como la lava que desciende implacable por las laderas del volcán. Quería gritar hasta que no se pudiera oír otra cosa en aquel faraónico estadio que su salvaje alarido. Él era el rey.

Había protagonizado aquella secuencia montones de veces. Un tiempo en el que reina el silencio más sepulcral, un disparo de pistola y muchos de cámaras, y finalmente, una bestia que enloquece. En su mente, el jaleo del público se había apagado súbitamente, las otras siete calles no iban a Roma y había dado la misma orden a cada célula de su cuerpo, a cada engranaje de aquella explosiva máquina: volad, volemos.

Apoyó las manos en el suelo. Levantó la cabeza y contempló pensativo los cien metros que tenía delante. Apasionantes. Cada carrera era diferente, nueva e impredecible, como la vida. Mientras los demás corredores se preocupaban de sus contrincantes: sus marcas, sus contratos, sus técnicas y, en definitiva, sus vidas, él exclusivamente se preocupaba de si mismo, su mayor y único rival. En ocasiones incluso desconocía el nombre de sus compañeros, para él no había nada a los lados de su calle, su verdadero mundo. Tampoco solía asistir a los correspondientes eventos extradeportivos, grandes fiestas con todo tipo de oportunidades, donde se reunían los otros atletas. Prefería escapar de aquel festival de egos y placeres deslumbrantes, y pasear por la playa con su pastor alemán. Algunos le tildaban de prepotente y engreído por ello, pero sus convicciones eran demasiado fuertes.

El disparo estremeció a cada persona del estadio, a cada aficionado del mundo entero que estaba pegado a su televisión, en casa, con sus ilusiones y sus sueños en la mano, a cada trabajador que tenía una radio cerca y la mirada puesta lejos, muy lejos, más allá del océano y las montañas, en aquel círculo olímpico. Sin embargo, a él no. Amaba comenzar aventuras, sobretodo cuando veía el éxito en el horizonte. Salió con la fuerza de un tornado. Un tornado llamado juventud.

Corría. Rápido. Pensó en sus orígenes. Cuando un avión despega está mirando a los ojos, primero, y desafiando, después, a la mismísima naturaleza, y es por eso que al que te ayuda al principio es al que más debes. Mamá. Papá. Divinos conceptos. Recordó al triste boxeador que tras recibir golpes y más golpes se desploma sangrando en la silla de su esquina del ring, solo, sin nadie que le cure sus heridas ni siquiera que le escuche gemir asustado, tal y como el barco que se hunde sin remedio, espectadores ni bandera. Ahora entendía que cada gramo de amor que había recibido, cada momento y cada palabra que alguna persona había decidido compartir con él y cada mano a él tendida, eran azotes que le impulsaban y le conferían esa velocidad que le obligaba a seguir imparable hacia adelante. Volaba.

En la siguiente zancada comprendió que aquella búsqueda adolescente de mujeres bonitas debía haberse encaminado a mujeres atractivas, dado que la belleza perece pero la atracción perdura. Aquellos ojos verdes, las copas de vino a medias reposando en el suelo mientras el fuego rugía, bonitas bufandas y exposiciones intelectuales, caminar bajo la nevada guiado por el imán de un pintalabios o la compañía de marihuana, cerveza y John Lennon eran, tal vez, aviones de papel. Pero es que el que jamás ha jugado con aviones de papel, el que nunca abrió un sobre de cromos, dio dos pasos en uno, y la vida tiene demasiados pocos peldaños como para pretender brincar.

Cuando su cuerpo quiso quedarse atrás, cuando las gotas de la lluvia empezaron a golpearle violentamente la cara y el viento resopló tratando de impedirle el paso, cuando las sonrisas fáciles se esfumaron desvelando su traición, cuando una botella pidiendo bandera blanca llegó a su orilla, fue justamente el momento en que, sin saber porqué, siguió corriendo, más duramente que nunca. No entendía qué le hacía correr, no entendía porque no se paraba y se resguardaba bajo un paraguas. Por primera vez, no comprendió porque siempre se reía de aquel que usa casco al correr en bicicleta estática o de la que sufre porque no puede comer helados ya que los diseñadores un día decidieron que el número correcto era el 36. Y corrió, y corrió, como aquel inmenso Tom Hanks de mediados de los noventa. Todo el mundo afirma saber que luchando se puede perder y sin luchar se está perdido, no obstante, cuando el suelo resbala demasiados frenan.

El peor enemigo, el más diabólico compañero y el más truhán de todos los personajes es sin duda el miedo. Sus piernas aún se movían firmes cuando llegó a aquel terrible lugar. Según dicen allí es donde los leones lloran y los petroleros de sueños se marchan cargados para volver con cenizas. Un escalofrío cruzó su espalda mientras su luz interna espantaba fantasmas negros y sus piernas pedaleaban con más prisa de la habitual. En pocas ocasiones alguien caído en semejante agujero, pudo escapar. Y desde luego, jamás el que miró atrás lo consiguió. Donde los leones lloran... el fin del mundo.

Una zancada, otra zancada y otra... Estaba fatigado y la meta ya no quedaba lejos. Un músculo falló. Una duda le asaltó y otro músculo falló de inmediato. Se detuvo. Miró al público, miró a las gradas, se giró y contempló montones de vidas, montones de historias y sentimientos, cada una con sus pequeños éxitos y sus pequeños fracasos, pero todas únicas y diferentes. Levantó las palmas de sus manos hasta la altura de sus hombros y, exhausto, las observó. El tiempo pasaba y dejaba huellas. Innumerables líneas cruzaban sus manos en todas las direcciones. Una tarde de octubre le dijeron que cada línea que ondea en las palmas se debe a una aventura que en un momento u otro nos sacó una sonrisa. Ahora sí, ahora podía cruzar la meta.

Respiró. Una, dos o tal vez cien veces. No tenía sentido, a estas alturas, seguir siendo esclavo del protocolo, de las reglas, o de ataduras inútiles. Tal vez con bastón, tal vez sin él, siguió adelante, como tantas otras veces. Cuando parece que lo que uno haga da igual porque ya no habrá mañana, desgraciadamente, es el preciso momento en que se puede surfear en la ola del instante, en vez de mirar desde la orilla bajo la sombrilla de las expectativas. Siguió, siguió.

Allí estaba la meta. No mayor fin que el enésimo metro, aunque tampoco menor. Con el mítico Chariots of Fire de fondo sus piernas podían temblar, mas su espíritu, galán, aceptaba el destino. Dio el último paso, aquel que sólo dan los campeones, los leones que no lloraron y siempre avanzaron. Fue un destello, la muerte de una estrella, toda la luz que había acumulado en su corazón durante tantos y tantos pasos era ahora devuelta al universo, su hogar, donde ni la luz ni las aventuras acaban.


Fue un destello, pero qué destello...