lunes, 19 de septiembre de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
El silencio de los mapas de Inés
miércoles, 15 de diciembre de 2010
sábado, 24 de julio de 2010
El universo de Chloé y los caramelos morados
Pasajeros del vuelo IB6871, embarquen urgentemente por la puerta 42.
Tras una alocada carrera voy a terminar a mi asiento, el de la ventanilla izquierda en la fila tropecientos de un avión atestado de gente de todo tipo. Junto a mí, se encuentra una cautivadora renacuaja de apenas tres palmos y que, probablemente, aún no haya sido capaz de apagar más de una o dos velas a lo largo de su historia.
Antes de despegar apago mi móvil soltando al aire una comercial melodía, y cautivando así la atención de la diminuta dama de rasgados ojos negros y pelo azabache. Me mira como lo hace un bebé, con entrega total, sin miedo al cruce de miradas durante segundos y segundos. Proponiendo un enlace eterno. Aprendiendo de todo.
Y entonces ella comienza el juego. Como por arte de magia, saca de su bolsillo una increíble piruleta de colores, un tesoro que habría hecho perder la cabeza a algunos de los más ilustres nombres de la historia. ¿Quién sabe si Cristobal Colón no hubiera pospuesto su búsqueda de las Indias para centrarse en conseguir aquel magnífico caramelo? Supongo que es una de esas cosas que tan pronto como las ves sabes que se hicieron para ser tuyas. Y aún más, ¿cómo demonios habría conseguido ese monigote de mirada hipnotizante - a su corta edad - tan dulce alhaja? Yo la miraba a ella, ella miraba a su piruleta y su piruleta miraba al universo entero. Tenía que ser mía.
- Hola, creo que vamos a compartir un largo trayecto en este avión, y considero razonable que nos presentemos formalmente y sepamos un poco más de nuestro compañero de viaje, ¿no? - dije tratando de ser simpático.
Sus ojos estaban fijos en mí. Por primera vez, se le escapó una juvenil sonrisa. Parecía divertida. Ante la falta de respuesta, entendí que estaba completamente de acuerdo.
- Me llamo Carlos. ¿Y usted? - añadí extendiéndole la mano.
Con su mano derecha mantenía firmemente agarrada la piruleta, y ahora sus ojos escrutaban mi mano tiesa en el aire. Parecía un poco desconcertada, aunque para conseguirla estoy seguro de que habría tenido que protagonizar decenas de presentaciones a lo largo y ancho del mundo pidiendo pistas sobre su paradero. Tras unos segundos de duda, y tras animar fervientemente a la guapa azafata que se enfundaba un llamativo chaleco salvavidas para explicar cómo actuar en caso de catástrofe, finalmente accedió. Emitió un peculiar sonido que probablemente ningún catedrático de filología del mundo podría haber entendido. Acto seguido, con su rechoncha manita agarró mi dedo meñique, y durante unos pocos segundos movimos aquel extraño encaje hacia arriba y abajo.
Ya éramos amigos. Probablemente, para siempre.
- No es mi intención ofenderla, pero considero de una dificultad que excede mis posibilidades la pronunciación de su nombre, que es muy bonito desde luego. - dije utilizando todo mi poder diplomático.
En su cuello reposaba una fina cadena de plata, que unía ambos extremos de una plaquita donde podía leerse en letras caligráficas la palabra Chloé. Aquello me dio una excelente idea.
- Sin embargo, estimada señorita, la llamaré Chloé. Si no le importa, claro está. ¿Puedo tutearla? - dije más pendiente de la piruleta que de ella.
Al oír aquel nombre, una sonrisa se adueñó de su cara y empezó a mover las piernas y los brazos con excitación. Casi recibo un violento piruletazo en la cabeza, un rápido movimiento me salvó de perder el juego nada más empezar. Para ser honesto, su reacción incluyó algún que otro sonido pero me fue imposible descifrarlos. Así pues, la diminuta señorita se llamaba Chloé. Chloé de Arco, supuse...
Mis recursos allí sentado eran ciertamente limitados. ¿Cómo podría convencer a Chloé para que me entregara su piruleta? Metí la mano en mi bolsillo y vi qué podía encontrar. Saqué un caballo de ajedrez, pero no uno cualquiera, uno pacientemente tallado en mármol blanco por un artesano indio al que conocí en uno de mis viajes. Una pieza de un valor sentimental - e incluso económico - incalculable. Aquello era un trato justo, amigos. Lo puse encima de su mesa plegable, y simule el movimiento del caballo un par de veces. De nuevo, sus ojos abiertos de par en par - haciendo casi imposible ver su nariz enanilla - estaban embobados contemplando los saltos de mi mágico corcel.
Se lo ofrecí a su mano vacía, a la vez que esperaba con mi otra mano su piruleta. Pero Chloé, definitivamente, tenía otros planes. Me arrebató el caballo sin piedad, rió encantada, lo zarandeó un poco y posteriormente lo lanzó hacia los confines del mundo. Emitió la carcajada de bruja que demuestra que el inocente ha sido engañado vilmente. Yo, por mi parte, nunca volví a saber de él. Luego lo comprendí. Ella debía ser una reina. Y yo la había insultado, ofreciéndole un simple jinete, quien sabe si de su bando o incluso del equipo contrario.
- Chloé, ¿tu crees en el destino? - intenté.
Se quedó largo tiempo en silencio, pensando. En ese momento, el comandante se presentó y ella consideró más importante atender a sus interesantes explicaciones que a mi burda treta.
Cogí la revista de la compañía, que descansaba enfrente de mí. Pasé unas cuantas páginas. Había aprendido que en cualquier negociación es bueno, de vez en cuando, dar un tiempo de descanso. Tras unos minutos, llegué a la sección de mapas, donde se reflejaban todos los destinos de la aerolínea.
- Querida, aquí es donde nací yo. - dije señalando sobre el mapa - ¿y tú, amiga, de donde has salido? - pregunté.
Chloé miraba sonriente el mapa, movía la cabeza buscando probablemente su lugar de procedencia. Seguro que era un lugar exótico, se veía en sus ojos. Empezó a bailar, allí mismo, sentada en su asiento y atada por un doble cinturón adaptado a sus pequeñas dimensiones. Le gustaban los mapas. Finalmente empezó a dar manotazos sobre el océano Indico.
- Ahmm. Así que eres una hija del océano Indico. Fascinante, querida. - espeté con total sinceridad.
Dicen que los hijos de los océanos lucen la belleza del más asombroso pez de colores que por ellos pasea, la grandeza de espíritu de las sirenas y la fuerza de las olas de alta mar en sus ojos. Pero hay pocos. Muy pocos. Yo tenía enfrente a uno de ellos. Y sólo quería robarle su divina piruleta...
Rebusque en mi bolsillo, y encontré un pintalabios rojo para el que no recordaba una explicación. Desde que lo saqué, la mirada de Chloé fue prisionera de - en sus pensamientos en Chloéliano - aquel extraño artefacto. Lo situé encima de la mesita que reposaba enfrente de la genuina mujercita. En ese preciso momento, parecía que Chloé había conseguido lo que muchos perseguimos y perseguiremos, pero jamás conseguiremos, olvidarse de todo, aislarse del mundo, las ideas y las palmeras, y centrarse únicamente en su juguete. Para luego jugar. Cogió el pintalabios abierto, y - como un tornado de apenas 10 kilos que era - impregnó su color en todo cuanto se puso a su paso. Ella tenía ese poder especial, nunca dejaba indiferente a nada que cayera en su radio de acción. Realmente, no sé qué fue del pintalabios. Probablemente, cuando se cansó de él lo lanzó al infinito, para dibujar las heridas mortales al olvidado corcél blanco. ¿Acaso importa?
¿Qué puede querer una reina? No es una pregunta trivial, y yo no era capaz de responderla. Mi rival era más fuerte que yo. No por sus bíceps del tamaño de uvas, tampoco por ser capaz de seguir las conclusiones de frías y calculadoras estrategias, no. Era una cuestión de filosofía. De escalas. Aquella dama no sabría, posiblemente, ni donde estaba, ni a donde se dirigía. Pero, no existía un sólo motivo en el universo que pudiera desanimarla, pues un simple caramelo morado de tienda de barrio sería capaz de devolverle toda la felicidad del mundo en apenas un instante. Compañeros, la niña era invencible.
Aceptando mi derrota, me puse a mirar por la ventana. Desanimado, saqué lo poco que quedaba de una bolsa de 300 gramos de M&Ms y volqué una sucesión de bolas de colores en mi mano. Ahí se produjo el milagro. Inesperado. Sin más. Como la vida misma.
Poco más puedo decir: Chloé se volvió loca.
Soltó la piruleta. Sin preocupación. Sin pasado, sin futuro. Sin mente. Y se abalanzó sobre el delicioso chocolate. Yo, por mi parte, sorprendido y creyendo tener el secreto de todas las reinas, agarré aquella piruleta con fuerza. Y he de decir que la vi más fea en ese mismo instante. Tal vez lo que habría quitado el sueño al Sr. Colón habrían sido las revoltosas pelotillas de chocolate.
Había logrado volver a ser niño por un rato. Caminar sin memoria. Poder actuar como en un videojuego, donde las consecuencias no son reales. O tener un piso en Paris donde bailar el último tango sin recordar nombres ni circunstancias cada martes por la noche. Y sin embargo, ella, la linda aventurera cuyo tamaño burlaría cualquier trampa de película de pirámides, no había notado nada especial en la situación. Nada. Pues para el que es copiloto del viento, nadar entre las nubes, adelantar a los pájaros más veloces y desafiar el rumbo de las veletas de los campanarios de mayor altura no es sino el pan de cada día, la obligación y el único destino. Lamentablemente con los años, y como tantos otros, era altamente probable que Chloé perdiera la nacionalidad oceánica. Quién sabe...
Mientras, ahí abajo, el semblante de Londres me despedía con la suavidad propia de los amantes que saben que, algún día, se volverán a ver.
lunes, 28 de junio de 2010
Rugidos de jirafa
Sin presentaciones. Así funciona. Prostitución discreta. Una semana tras otra. Te entregan las llaves en un sobre medio abierto, con apenas un número garabateado en él, en color rojo y caligrafía irregular. Llegas, sonríes, abres. Te quitas la chaqueta. Cierras la puerta. Introduces. Giras. Una vez, dos... Sólo un leve gemido viola el silencio. Luego lo conduces tú. Sí, hasta donde quieras.
No hay amor. Ni una pizca. Y probablemente por ello, el acelerador se pisa a fondo. Sin piedad, sin respiro. A veces con dirección, otras sin destino, pero siempre al límite. Ese fino freno hecho de consecuencias y respeto parece estar desactivado. Cuando el miedo no existe, entonces sí se puede volar.
Los leones no son esos depredadores de hermoso pelaje y majestuosa figura que no necesitan siquiera rugir para reinar. No hombre, no. Son las jirafas y las ardillas, pero no las más altas o las más rápidas, sino aquellas que tienen un arco y cinco flechas, y que cada vez que avistan la diana, simplemente disparan. De hecho, los leones son como los coches de alquiler.
Sin matrícula ni dueño. Pero siempre con gasolina.
martes, 13 de abril de 2010
Trayectorias
Tienen voluntad propia, deciden mecerse en las ráfagas más atractivas para cambiar de rumbo y apuntar al océano índico, a la caldera de la cumbre del volcán Mauna Loa o simplemente a la reluciente calva de un visitante que espera en la cola del Louvre. A veces, las más valientes, decidieron tirar aviones y hundir barcos, inundar ciudades o apagar fuegos, caer justo encima de la semilla que daría luz al árbol más alto del mundo, aportar el último empujón a la manzana de la gravedad o, quizá, desfigurar las últimas letras de un final triste, y lo consiguieron, desde luego. Entonces, tras un tiempo prudencial, lo olvidan todo y vuelven a subirse a su montaña rusa esperando otra brutal bajada. Y así poco a poco, cambian el mundo. Gota a gota.
Pero los únicos que realmente lo comprenden son ellos. Se plantan delante de una ventana en una noche lluviosa. Con su olfato blanco, deciden no mirar más allá - y así ver algo -, prefieren ver lo primero, lo cercano, lo real. Observan cómo innumerables senderos desfilan por la ventana. Unos descienden rápidamente y en línea recta; probablemente algún día se arrepentirán de haber cruzado sin mirar alrededor. Otros describen mil curvas, rebotan, frenan, pelean y se empeñan en vivir el mayor número de aventuras posible antes de aterrizar definitivamente. Y ellos, los bebés, sólo pueden sonreír absortos, tratando de tocarlas y jugar con ellas a través del delgado vidrio. Pero no pueden. Sus rechonchos deditos son incapaces de atravesar el fino muro. Ahí caen en la cuenta. No pueden enderezar sus voluntades. Nadie puede. Y es que tienen espíritu salvaje.
domingo, 21 de marzo de 2010
Juegos
La vela sin su fuego no es más que un astronauta sin escafandra, un músico sin su instrumento o, a lo sumo, un patrón sin marineros. Es triste. Pero no está más muerta que las que creen estar encendidas por portar una ligera y monótona llama que nunca soñará siquiera con cambiar el mundo. Cuando el rastro de cera carece del grosor característico de la pasión, cuando no hay altibajos ni montañas de cera en el suelo, precedidas y seguidas de curvas imposibles, si faltan los goteos que indican que en alguna ocasión se perdió el aliento pero nunca el fuego, o cuando una vela rechaza tocar el cielo al precio de morir rápidamente, entonces es que, tal vez, vendió su alma. Pero como dijo aquel genio, eso es algo que se descubre únicamente con el tiempo.

Ahora súbanse y disfruten el paseo.
viernes, 12 de marzo de 2010
La princesa y la bestia
Su padre continuó el negocio cuando su abuelo murió. Él era más atrevido, uno de esos tipos genuinos que levantan la mano cuando piden voluntarios y sólo después preguntan en qué consiste la aventura, uno de esos catedráticos de la importancia, con gracia y barba, que cuando es preguntado acerca del porqué de su sonrisa, no entiende la pregunta. Reformó y amplió la vieja tienda, diseñó una infinidad de modelos, de mil colores y estampados e incluso adquirió alguna de esas privilegiadas: las de siete dobleces. Cada vez que tuvo tiempo y dinero, viajó por el mundo en busca de nuevas ideas, de sabios secretos y asombrosas sedas. Amaba lo que hacía y, por ello, le dedicaba todo su tiempo y energías. El día en que su hijo pudo andar, le dejó sólo en mitad de una de las caóticas galerías de la tienda, para que experimentara, para que descubriera por él mismo, para que eligiera su rumbo por primera vez. Y fue en aquel preciso momento cuando lo supo, cuando su hijo volvió de la trastienda, a veces andando y a ratos gateando, con una carísima corbata italiana de seda atada de cualquier forma a modo de cinturón, con una corbata de estampado clásico en la mano izquierda y, sobre todo, con una sonrisa que no cabía en la tiendecilla. Algún día él la heredaría. Y así fue.
Había estado lloviendo intensamente durante las últimas semanas. Eso no era un buen presagio. Muchas cosechas se habían perdido y la gente andaba nerviosa. Es demasiado duro ver llorar a tu hijo porque tiene hambre...
Aquella tarde hacía mucho frío, aunque el cielo estaba despejado. De repente, alguien abrió la puerta y entró. Sus ojos tenían miedo, sus manos sudaban y le envolvía una atmósfera tal vez invisible, pero triste y agitada. Se acercó al humilde mostrador.
- Mmm... ehm... Quiero una corbata. - dijo con voz entrecortada aquel tipo.
- Estupendo. ¿Y qué tipo de corbata quiere? ¿Para qué piensa usarla? ¿Color? ¿Alguna pista? ¡Tenemos montones de corbatas diferentes, amigo! - contestó alegremente aunque algo desconcertado.
- Una verde. Quiero una verde. Para ir a trabajar. - respondió el hombre de piel castigada por el sol.
Con un movimiento rápido, el profesional de las corbatas desapareció tras las cortinas que daban acceso a la trastienda. La situación le resultaba extraña, apostaría a que aquel hombre no requería para su trabajo nada diferente de una azada, y por su pinta, igualmente apostaría a que no nadaba en una situación propicia para hacer un desembolso considerable en una corbata. Sin embargo, siempre había pensado que hay que darle al menos una oportunidad a lo increible, sería inadmisible la falta de fe en un lugar tan estrechamente vinculado a ella, así pues buscó dos corbatas verdes diferentes. Por las prisas, incluso dejó las cajas fuera de su sitio - cosa que nunca hacía - y volvió al mostrador rápidamente.
No perdió la sonrisa. Simplemente, la dulzura que desprendía tornó en decepción. Aquel hombre sostenía una afilada daga en su mano izquierda y una pequeña bolsa de tela en la otra.
- Todo. - ordenó extendiéndole la bolsa.
Entonces lo comprendió todo. En una batalla de hace muchos siglos, cuando a un simple carpintero de aldea lo plantaban en infantería ligera, en primera línea, aunque él no supiera apenas cómo sujetar la espada pero llevara encima el peso de sus tres hijos y esposa, el miedo era ensordecedor. Atronador. Paralizante. Mareante. Tal vez una de las pocas veces en las que el corazón se hiela. Pero todo eso sólo puede vivir en el preludio, compañeros. En el preludio. Cuando relinchaban las trompetas, cuando gritaban los tambores, hasta el más sencillo guerrero sabía que debía luchar a muerte, salvajemente, sin contemplaciones, sin absurdas miradas atrás, y que ese era el único camino por el que podía escapar de ella.
- Si te doy lo poco que tengo, aquello por lo que he luchado durante toda mi vida se habrá esfumado en apenas segundos. Aquello por lo que lucharon mi abuelo y mi padre durante años habrá caído con la fuerza del espejo que se estampa contra el suelo. Tal vez otra vida para levantarlo, a lo mejor tan sólo siete años de mala suerte o quién sabe, ¿la herencia de un familiar lejano, mañana?. Sin embargo, amigo, ese pequeño rincón por el que algo dentro de ti combatió desde el primer día, posiblemente escondido donde nunca te atreviste a mirar, tu tesoro de ser hombre, también quedará devastado. Y algún día, cuando te azote algo mucho peor que el hambre, no podrás refugiarte allí. Entonces, ya sólo serás una bestia.
El atracador bajó el brazo con el que sujetaba la bolsa. Pasaron unos segundos que envejecieron a ambos al menos una docena de años. La vergüenza que le inundaba le impedía mantener la mirada fija en los ojos que reposaban detrás del mostrador. Recordaba a aquel buen hombre. Solía ir a la iglesia algunas tardes, a contar lo que había visto en sus aventuras por el mundo o simplemente a inventar historias de vaqueros legendarios. Largo tiempo atrás, él había sido uno de esos desdichados niños que disfrutaba, absorto, con cada visita suya. Finalmente, levantó la cabeza.
- Todo. - ordenó extendiéndole la bolsa de nuevo.
Siempre hay una jugada maestra guardada para los que tienen fe. Cuando parece que todo está perdido, todavía hay una escotilla por la que burlar la tragedia. Pero, a veces, hasta una simple caja de cartón fuera de sitio puede tirar nuestra última carrera por la borda.
Gobernaba ese sol traicionero que luce y no calienta. Ella bajó como todas las tardes hacia el parque. Era su pequeño respiro diario. Estar rodeada de gente la quemaba, necesitaba la soledad. Bendita soledad. Además, para ellos no era más que la extraña chica que nunca tuvo padre. Y no era cierto. Su padre dejó un regalo para ella, al menos uno, aunque sólo ella lo supiera. Siempre lo guardaría, era su único vínculo con él. Sí, una corbata. Verde. Era bonita. A ella le gustaba mucho. Como aquel paseo diario, como aquel parque y como aquel banco. Se sentó.
Desde él, podía ver todo el pueblo y también las montañas y el río. La imponente iglesia que surcaba el cielo, la chimenea - fumadora compulsiva - de la centenaria fábrica de cerveza, la antigua tienda de corbatas trágicamente cerrada muchos años atrás, la nueva librería donde se podía conseguir prácticamente cualquier cuento de piratas... Y, por supuesto, la pequeña y misteriosa placa que vivía en aquel banco desde antes que ella en el mundo. El enigma encerrado por "En honor a los que dieron lo poco que tenían, porque su espíritu nunca se podrá esfumar." había conseguido que ese banco fuera su elegido. Se sentía en casa. Estaba en casa.
Y entonces ocurrió. Un atardecer más. No lo podía evitar, un escalofrío recorrió su cuerpo de extremo a extremo. Ese grito feroz, ese intenso dolor expulsado al mundo, esa solicitud a Dios para que cesara su eterno sufrimiento cuanto antes. Un descorazonador alarido proveniente de alguna de las montañas cercanas rompió la tranquilidad del pueblo y llegó a cada rincón del mismo. Nadie lo sabía a ciencia cierta. Pero había rumores. Varios, la verdad. Algunos decían que era una bestia que vagabundeaba por colinas y cuevas, otros hablaban de un alma errante que no encontraba donde esconderse de si misma y también había quien defendía que era simplemente una mirada demasiado avergonzada como para vivir por el día. No obstante, todos coincidían en que posiblemente aún llevara al cuello unos gramos de fe y esperanza robada.
La princesa de piel tostada se levantó y, lentamente, se fue.
viernes, 1 de enero de 2010
Las cerillas del farero
No está muy claro porqué acabó allí. Necesitaba un trabajo urgentemente y una noche en una sucia taberna del fin del mundo un viejo borracho comentó que había un puesto vacante en un faro solitario. No se lo pensó dos veces, los trenes sólo paran siete minutos en cada estación. Mató el último gin tonic de un trago y se fue a caminar. Le encantaba caminar por la calle y observar, observarlo todo. Se preguntaba constantemente cómo funcionaba todo lo que nos rodea, desde los semáforos, coches y aviones, hasta las propias personas y sus sentimientos. Sin embargo, su último año en la escuela fue cuando apenas contaba doce años, y por lo tanto, sus conocimientos eran bastante limitaditos. No obstante, no importaba, para cada duda inventaba una respuesta: había decidido que los semáforos eran una extraña especie de seres vivos - probablemente provenientes de un lejano planeta - cuya alma tenía tres estados de ánimo y que, mágicamente, siempre que se reunían varios vecinos para charlar un rato, al menos uno de ellos estaba eufórico. Se paró. Estaba enfrente del río.
Un antiguo puente de piedra cruzaba el río. Era como aquel desdichado rey al que le robaron la corona y también la majestuosidad de la mirada, o tal vez como esa flor que un día fue la más bonita del mundo pero finalmente sucumbió al tiempo, perdiendo sus colores, su olor y su voz. Era una pena, pues el que nació con un don no debería perderlo jamás. Estuvo mirando al puente durante un buen rato y decidió que había que pintarlo, iluminarlo mejor, arreglar la carretera que lo atravesaba... Siguió caminando, pensando en si, como algunos valientes afirman, la vida pirata es la vida mejor. A partir del día siguiente él se encargaría de que cientos de sueños piratas no reposaran en el fondo del mar.
El faro estaba solo contra el peligro. Abandonado a su suerte. Faro y farero. Farero y faro. Y mucho mar. Las horas allí se hacían largas y pesadas. Por eso, empezó a bailar.
Un jueves cualquiera decidió luchar. Se acercó a su escritorio y cogió un folio. Plasmó en él sus ideas para rejuvenecer al puente con el lenguaje más formal que pudo elegir, dirigió la carta al mismísimo alcalde del pueblo y en cuanto le fue posible la mandó. Esperó impaciente. Pasaron días, semanas, meses. No llegó ninguna respuesta. Dicen los sabios que la llama que inunda a los que esperan una respuesta es la que mejor calienta, pero también se corre el riesgo de abrasarse con la esperanza y esas heridas nunca cierran. Es más, la reacción que convierte ilusión en melancolía, la reacción mata-sueños - como es comúnmente conocida entre los magos del Amazonas - es la más cruel que existe porque juega con la verdad y el deseo llevándolos lentamente al desengaño.
Un miércoles cualquiera decidió que iba a ganar. Se acercó nuevamente a su escritorio y cogió otro folio. Trato de explicar de nuevo sus motivos para proponer que se hiciera justicia con la dignidad de aquel puente, aunque esta vez añadió una cerilla y una frase. La frase decía algo así: "Pueden prender mi carta si quieren, pero miércoles tras miércoles seguirán recibiendo los sueños del farero dado que estos no se pueden quemar."
Como había prometido, tempestades terribles, olas gigantes y soleados días de pesca contemplaron los gritos de su pluma. Incontables miércoles volaron. Sin embargo, su buzón siempre estaba vacío. Pero creía. Creía.
Un martes cualquiera se encontraba bailando. Bailaba el vals de la boda que nunca protagonizaría con la mujer imaginaria que nunca tendría en sus brazos. Probablemente, hasta la música estuviera únicamente en su cabeza. Definitivamente era grandioso. Un vals silencioso en medio del océano. Y entonces sucedió. Llegó el pequeño barco que le solía traer el contacto con el mundo exterior. Y sí, esa vez sí, llevaban una carta para él.
Los fuertes latidos de su corazón demostraban que en esos momentos de incertidumbre, en el puntiagudo instante que puede decidir si los castillos caen o los caballeros conquistan, si la dama se casará contigo o preferirá caminos separados, es cuando uno más disfruta del juego. Abrió la carta con delicadeza, había esperado mucho tiempo. Sacó el contenido, únicamente una fotografía.
Era su puente. Era su puente renovado con sus ideas y propuestas. Y arriba a la izquierda lucía el Sol. Además, en una de las pilas del puente, a la vista de todo caminante que viniera por la ribera del río, se podía leer "Puente del farero", cuyos trazos estaban plenamente hechos con cerillas.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Just a butterfly
was a butterfly, very beautiful and very dead.
It fell to the floor, an exquisite thing, a small thing
that could upset balances and knock down a line of
small dominoes and then big dominoes and then
gigantic dominoes, all down the years across Time.
lunes, 26 de octubre de 2009
Koan V
Ikkyu, el maestro Zen, era muy listo incluso de joven. Su maestro tenía una valiosa taza de té, una rara antigüedad. Un buen día Ikkyu rompió la taza. Al oír los pasos de su maestro, escondió los trozos detrás de su espalda con una mano. Cuando el maestro apareció, Ikkyu le preguntó:
"¿Porque tiene que morir la gente?"
"Es natural." - explicó el maestro - "Todas las cosas tienen que morir, pues son finitas." - concluyó.
Ikkyu le mostró a su maestro los trozos de la valiosa taza, añadiendo: "Le ha llegado el momento a tu taza".
martes, 20 de octubre de 2009
Corriendo
Había protagonizado aquella secuencia montones de veces. Un tiempo en el que reina el silencio más sepulcral, un disparo de pistola y muchos de cámaras, y finalmente, una bestia que enloquece. En su mente, el jaleo del público se había apagado súbitamente, las otras siete calles no iban a Roma y había dado la misma orden a cada célula de su cuerpo, a cada engranaje de aquella explosiva máquina: volad, volemos.
Apoyó las manos en el suelo. Levantó la cabeza y contempló pensativo los cien metros que tenía delante. Apasionantes. Cada carrera era diferente, nueva e impredecible, como la vida. Mientras los demás corredores se preocupaban de sus contrincantes: sus marcas, sus contratos, sus técnicas y, en definitiva, sus vidas, él exclusivamente se preocupaba de si mismo, su mayor y único rival. En ocasiones incluso desconocía el nombre de sus compañeros, para él no había nada a los lados de su calle, su verdadero mundo. Tampoco solía asistir a los correspondientes eventos extradeportivos, grandes fiestas con todo tipo de oportunidades, donde se reunían los otros atletas. Prefería escapar de aquel festival de egos y placeres deslumbrantes, y pasear por la playa con su pastor alemán. Algunos le tildaban de prepotente y engreído por ello, pero sus convicciones eran demasiado fuertes.
El disparo estremeció a cada persona del estadio, a cada aficionado del mundo entero que estaba pegado a su televisión, en casa, con sus ilusiones y sus sueños en la mano, a cada trabajador que tenía una radio cerca y la mirada puesta lejos, muy lejos, más allá del océano y las montañas, en aquel círculo olímpico. Sin embargo, a él no. Amaba comenzar aventuras, sobretodo cuando veía el éxito en el horizonte. Salió con la fuerza de un tornado. Un tornado llamado juventud.
Corría. Rápido. Pensó en sus orígenes. Cuando un avión despega está mirando a los ojos, primero, y desafiando, después, a la mismísima naturaleza, y es por eso que al que te ayuda al principio es al que más debes. Mamá. Papá. Divinos conceptos. Recordó al triste boxeador que tras recibir golpes y más golpes se desploma sangrando en la silla de su esquina del ring, solo, sin nadie que le cure sus heridas ni siquiera que le escuche gemir asustado, tal y como el barco que se hunde sin remedio, espectadores ni bandera. Ahora entendía que cada gramo de amor que había recibido, cada momento y cada palabra que alguna persona había decidido compartir con él y cada mano a él tendida, eran azotes que le impulsaban y le conferían esa velocidad que le obligaba a seguir imparable hacia adelante. Volaba.
En la siguiente zancada comprendió que aquella búsqueda adolescente de mujeres bonitas debía haberse encaminado a mujeres atractivas, dado que la belleza perece pero la atracción perdura. Aquellos ojos verdes, las copas de vino a medias reposando en el suelo mientras el fuego rugía, bonitas bufandas y exposiciones intelectuales, caminar bajo la nevada guiado por el imán de un pintalabios o la compañía de marihuana, cerveza y John Lennon eran, tal vez, aviones de papel. Pero es que el que jamás ha jugado con aviones de papel, el que nunca abrió un sobre de cromos, dio dos pasos en uno, y la vida tiene demasiados pocos peldaños como para pretender brincar.
Cuando su cuerpo quiso quedarse atrás, cuando las gotas de la lluvia empezaron a golpearle violentamente la cara y el viento resopló tratando de impedirle el paso, cuando las sonrisas fáciles se esfumaron desvelando su traición, cuando una botella pidiendo bandera blanca llegó a su orilla, fue justamente el momento en que, sin saber porqué, siguió corriendo, más duramente que nunca. No entendía qué le hacía correr, no entendía porque no se paraba y se resguardaba bajo un paraguas. Por primera vez, no comprendió porque siempre se reía de aquel que usa casco al correr en bicicleta estática o de la que sufre porque no puede comer helados ya que los diseñadores un día decidieron que el número correcto era el 36. Y corrió, y corrió, como aquel inmenso Tom Hanks de mediados de los noventa. Todo el mundo afirma saber que luchando se puede perder y sin luchar se está perdido, no obstante, cuando el suelo resbala demasiados frenan.
El peor enemigo, el más diabólico compañero y el más truhán de todos los personajes es sin duda el miedo. Sus piernas aún se movían firmes cuando llegó a aquel terrible lugar. Según dicen allí es donde los leones lloran y los petroleros de sueños se marchan cargados para volver con cenizas. Un escalofrío cruzó su espalda mientras su luz interna espantaba fantasmas negros y sus piernas pedaleaban con más prisa de la habitual. En pocas ocasiones alguien caído en semejante agujero, pudo escapar. Y desde luego, jamás el que miró atrás lo consiguió. Donde los leones lloran... el fin del mundo.
Una zancada, otra zancada y otra... Estaba fatigado y la meta ya no quedaba lejos. Un músculo falló. Una duda le asaltó y otro músculo falló de inmediato. Se detuvo. Miró al público, miró a las gradas, se giró y contempló montones de vidas, montones de historias y sentimientos, cada una con sus pequeños éxitos y sus pequeños fracasos, pero todas únicas y diferentes. Levantó las palmas de sus manos hasta la altura de sus hombros y, exhausto, las observó. El tiempo pasaba y dejaba huellas. Innumerables líneas cruzaban sus manos en todas las direcciones. Una tarde de octubre le dijeron que cada línea que ondea en las palmas se debe a una aventura que en un momento u otro nos sacó una sonrisa. Ahora sí, ahora podía cruzar la meta.
Respiró. Una, dos o tal vez cien veces. No tenía sentido, a estas alturas, seguir siendo esclavo del protocolo, de las reglas, o de ataduras inútiles. Tal vez con bastón, tal vez sin él, siguió adelante, como tantas otras veces. Cuando parece que lo que uno haga da igual porque ya no habrá mañana, desgraciadamente, es el preciso momento en que se puede surfear en la ola del instante, en vez de mirar desde la orilla bajo la sombrilla de las expectativas. Siguió, siguió.
Allí estaba la meta. No mayor fin que el enésimo metro, aunque tampoco menor. Con el mítico Chariots of Fire de fondo sus piernas podían temblar, mas su espíritu, galán, aceptaba el destino. Dio el último paso, aquel que sólo dan los campeones, los leones que no lloraron y siempre avanzaron. Fue un destello, la muerte de una estrella, toda la luz que había acumulado en su corazón durante tantos y tantos pasos era ahora devuelta al universo, su hogar, donde ni la luz ni las aventuras acaban.
Fue un destello, pero qué destello...
jueves, 1 de octubre de 2009
Estimado amigo,
Nos conocimos y crecimos juntos. Son ya innumerables las aventuras y los momentos especiales que habitan en mi memoria, y sin embargo, son muy pocos los recuerdos en los que no apareces sonriendo y haciéndome sonreír.
Como esos pequeños afluentes que deciden unirse para formar el majestuoso Amazonas, como las líneas de un pentagrama que permanecen unidas hasta el infinito, como esa cerilla encendida que al acercarse a su hermana apagada hace brotar una estridente explosión, como ese mendigo hambriento que comparte la mitad de su bocadillo con su compañero de banco, como ese par de peces de colores que tratan, incansables, de buscar la salida de la pecera juntos, así es nuestra amistad.
Me apoyaste cuando quise ser cantante de rock, afirmaste que algún día pisaría la luna cuando decidí ser astronauta, calificaste de extraordinario aquel gol que me habías regalado el único día en que mi padre estaba en la grada, me ataste la corbata cuando yo no sabía, soplaste cuando mi barco se hundía para que el viento lo empujara hacia lugares más seguros, viniste a buscarme con una sonrisa en la cara y un par de cervezas al kilómetro mil cien de aquella infernal carretera donde había pinchado una rueda, y sobretodo, aprendiste a quererme. Aprendiste a quererme tal y como soy. Miraste dentro antes de hablar, para poder comprender.
Un amigo es una mano tendida que nunca tiene agujetas, y aún más, es un arquitecto que nunca derriba, un atento oyente que permite hablar solo sin estarlo, un ludópata de casino que siempre apuesta por que las felicidades vayan de la mano y un filósofo que expone su verdad como una hermosa rosa roja de espinas con puntas redondeadas, que no se muerde la lengua pero tampoco da mordiscos. Un amigo es un agradable compañero en el silencio, aquel que calla cuando todos hablan y habla cuando todos callan, pero no grita, porque las buenas intenciones nunca necesitan demasiado volumen. Un amigo...
Muchos creen en dioses, otros adoran el dinero, las casas bonitas y los barcos de mástiles poderosos, los hay que no creen en nada e incluso algunos que únicamente pueden creer en ellos mismos.
Yo, amigo mío, creo en ti.
domingo, 20 de septiembre de 2009
La guitarra del gurú
Todos nacían de la misma forma y todos estaban condenados a la muerte. ¿Acaso era eso bello? Menudo juego más aburrido, inicio y final estaban ya decididos. Quería pulsar el botón que le llevara al siguiente juego y quería hacerlo ya. Anhelaba poder participar en un juego de verdad, uno de esos donde puedes ganarte tu propio final y escapar del destino común. Las palabras eran balas de agua que se evaporaban con el tiempo. Los hechos caían en el olvido con la misma facilidad con la que la manzana cae del árbol. La propia importancia no tenía importancia. Todo daba igual. Rojo o negro, par o impar... ¿Qué más daba si siempre salía el cero, verde? Sólo deseaba prender fuego al mundo y quemarse con él.
En la habitación 154 no había fe. El cielo estaba nublado. Llovía. Y siempre sería así. Desde pequeña todo había sido dolor. Violaciones, palizas, insultos, lloros y gritos. Lloros y gritos. Gritos, insultos y más gritos. Tenía aquellos gritos grabados en su cabeza, seguían revoloteando en sus pensamientos como relámpagos ensordecedores que trataban de que la tormenta no cesara. Había navegado por el mar de la maldad humana, ese donde ni se ve el sol ni se ve la luna, ese donde todos los peces son tiburones y no hay sirenas, ese donde el agua es ácido y el viento te envenena. Nadie le había tendido la mano jamás. Una simple sonrisa en el momento adecuado, una mirada de complicidad y conexión, o tal vez, unas dulces palabras declarando un amor imposible en una servilleta, habrían salvado su alma de la muerte más terrible, la desconfianza. Era tarde. No creía ni creería en otros, todos eran enemigos dispuestos a hacer heridas, amantes del daño más peligroso: el gratuito. Cada segundo de existencia dolía.
Allí estaba, sentada en su cama mirando al techo. Horas y horas. Días y meses. A veces se levantaba y miraba por la ventana al patio. En cuanto sus observados mostraban un atisbo de interés por su minúsculo cuadrado, ella se apartaba. Tenía miedo, vivía con miedo. Odiaba el contacto directo, una batalla de la que había salido golpeada demasiadas veces. Cada noche soñaba con poder vivir en un trono alejado del mundo, con un enorme catalejo que la permitiera ver sin ser vista, tocar sin ser tocada, existir sin dejar huella.
En la habitación 156 no había fuerza. La ventana estaba abierta y el viento se colaba gélido. Pero la habitación ya estaba helada. Montones de cartas reposaban en el suelo, unas leídas, otras sin leer, pero todas sin contestar. Cogió una que estaba cerrada, miró el remitente, suspiró y la lanzó por la ventana. Había plantado en el altar a tantas mujeres, había abandonado a familiares terminales sin que le temblase el corazón, había cambiado de canal en la parte difícil de la película una y otra vez. Cuando el sol caía y él se acostaba, cuando trataba de dormir sobre su cama, todas las lágrimas de aquellas desdichadas mujeres, todas las miradas sombrías de sus agonizantes abuelos, padres y hermanos, todas aquellas tristes cartas pidiendo porqués, le consumían por dentro cual voraces termitas. Por ello, calzaba unas pronunciadas ojeras que delataban todos sus crímenes.
No era capaz de sentir con intensidad. No podía sentir ese bendito apego que los entendidos consideraban como la obra divina del hombre. No quería, no amaba, no podía... Nació con una marcha menos, y por tanto, nunca pudo circular realmente por la autopista de la vida. El cobarde, maldita enfermedad, amordaza a su conciencia, y la asfixia poco a poco quitándola el aire hasta que finalmente ese pequeño y gigante fuego encendido en lo más profundo de uno mismo se reduce a cenizas. Aquella silueta sabía, como dijo Shakespeare, que los cobardes morían muchas veces. Y aunque tenía dos piernas y dos brazos, dos ojos y una boca, estaba muerto, y no era más que un zombie esperando a ser enterrado para siempre.
En la habitación 157 había un gurú de pelo revuelto. Y el gurú tenía una guitarra. Sobre su mesa siempre reposaba una vela encendida, la cual alumbraba la pequeña estancia. Terminó de ojear un libro donde explicaban las últimas teorías físicas acerca del origen y el destino del universo, e insatisfecho con lo que había leído, se entregó al presente. Cogió su guitarra y se sentó en la cama. Recorrió su memoria en un tren silencioso, de los de vapor, mirando por la ventana y viendo aquellos momentos en los que perdió la respiración. Luego las notas salieron solas. Veloces y decididas inundaron su habitación, el pasillo, las demás habitaciones, y finalmente, supongo, el mundo.
Aquel gurú solía afirmar que la belleza de las cosas se mide por la pasión que las impulsa. De su teoría de la medida se desprendía que esa música concentraba la pasión de las olas del mar en días de bandera roja, pues era francamente bella. Por un fugaz y breve instante, todo fue mejor. Aquella música, directamente nacida del corazón del gurú, transportaba la luz de su vela, la fe de su espíritu y la fuerza de su pelo revuelto. Un espejismo de color resopló en la 152, una invitación de amistad aterrizó en la 154 y un diario en blanco recibió el de la 156. Tal vez fuera apenas un instante, tal vez sólo un efímero momento, pero quedó grabado en el cuaderno de bitácora de cada alma de aquel pasillo, y eso sí es para siempre.
El mármol del pasillo de aquel manicomio estaba ahora un poco menos frío.
Y es que un alma puede iluminarlas a todas.
viernes, 18 de septiembre de 2009
Koan IV
Nan-in, un maestro Japonés de la era Meiji (1868-1912), recibió la visita de un profesor de universidad que quería informarse sobre el Zen.
Nan-in le sirvió té. Llenó la taza de su visita hasta el borde, y siguió vertiendo más té.
El profesor observó como el té llenaba la taza y se derramaba sobre la mesa hasta que no pudo aguantarse más:
"¡Está rebosando! ¡No cabe nada más!" - exclamó el profesor.
Escalando el Everest...

Así fue como se sentó a meditar Sidarta al pie del árbol (desde entonces conocido como el árbol Bodhi, o de la "Sabiduría"), a orillas del río Neranjara, en Buda Gaya (en el actual Bihar), cuando contaba ya 35 años. Tras muchos días y noches, donde fue sometido a toda clase de tentaciones y depresiones, alcanzó la iluminación y con ella la transformación.
Se había sentado a meditar Sidarta; al levantarse era el Buda.
martes, 15 de septiembre de 2009
La vida según Silvia II...
Para resolver este enigma hay que encontrar un punto en el Mediterráneo donde el nombre y la dirección de los vientos encajen. Ese lugar existe y su elección fue producto de un consenso entre pescadores sicilianos, mercaderes genoveses y catalanes, navegantes tunecinos, corsarios y piratas berberiscos, que surcaban esas aguas en el medievo. Por supuesto no se decidió durante las travesías. Cuando se navega no se pueden hacer demasiados cálculos, ya que a los tripulantes sólo les separa de la muerte los cuatro dedos de espesor del casco de la nave. La decisión de someter la veleidad de los vientos a la lógica fue tomada a través de la experiencia de los marineros en las tabernas portuarias en largas conversaciones al calor de un aguardiente. Sólo hay una isla en medio del Mediterráneo donde los nombres de los vientos responden a su dirección. Esa isla es Malta. En La Odisea se la llama Ogigia, el ombligo del mar. Allí permaneció siete años Ulises en brazos de la ninfa Calipso. Pero en literatura el viento es una ficción. Por eso en cualquier latitud donde uno se halle, el gregal llegará de Grecia; el siroco, de Siria; el lebeche, de Libia, siempre que el viento sea una forma de poderosa locura que, unida a la marea del tiempo, al final te lleve a Ítaca.
Vientos,
Manuel Vicent, EL PAIS.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Sobre la lluvia
A lo largo de los años se había encontrado con gente de casi todo tipo. Hombres y mujeres. Ricos y pobres. Creyentes y ateos. Gente que llevó la dirección de la conversación y gente que necesitaba ser guiada. Tímidos interlocutores que rara vez aportaban palabras y desenfrenadas marujas que generaban avalanchas de sonidos que acababan por perderse para siempre sin ser oídas. Gente que le aseguró tener revolucionarias ideas para cambiar el país y gente a la que simplemente esos temas no le interesaban. Artistas, deportistas y filósofos de hora punta en TV por cable. Profesores, alumnos y auténticos maestros. Una vez caminó junto a un músico que aseguraba que cada objeto del mundo posee, finalmente, una esencia musical única y que descubrir su melodía propia era lo que le había ocupado en los últimos años. En otra ocasión coincidió con un arquitecto de pelo canoso que le expuso el proyecto de su vida, levantar una torre de base pentagonal que alcanzara la mayor altura vista jamás. Le prometió dedicarle una de las plantas de la torre. A veces había tratado de acortar la reunión y finalizarla cuanto antes, aunque otras veces se habían llegado a prolongar durante horas. Sin embargo, la verdad es que en muy contadas ocasiones había mantenido el contacto una vez despedidos del paseo inaugural.
Se enfundó su sombrero de copa verde y salió a la calle. Llovía. Cuando alcanzó la mayoría de edad y empezó a recibir cartas con datos de prometedoras tardes, tenía mucha ilusión. A medida que los años pasaron y las cartas desfilaron por su buzón, la ilusión tornó en pesadumbre. No obstante, en las últimas ocasiones había recuperado cierta de aquella ilusión juvenil. Era su respiro mensual, podía olvidar el resto de su vida y aventurarse en un paseo con alguien, probablemente, muy diferente a él para charlar sobre el precio del pan o acerca del sentido de la vida. Se dirigió al lugar estipulado caminando. Era un antiguo jardín botánico que estaba ciertamente cerca de su casa. Llovía.
Llegó a la puerta de piedra que daba acceso al jardín un par de minutos antes de la hora. Se resguardó de la lluvia bajo un pequeño saliente que emergía en las alturas de la puerta y esperó fumándose un cigarrillo. Aquellos momentos previos a la visión de su extraño acompañante siempre generaban en él una buena dosis de nerviosismo y también un placer fugaz que solía apagarse al vislumbrar la silueta en cuestión. Llovía.
Cuando el segundo cigarrillo agonizaba, una silueta apareció a lo lejos, avanzando entre la lluvia. En efecto, era la mujer del sombrero de vaquero del mismísimo western a la que estaba esperando. Ella se acercó rápido y reparó en su llamativo sombrero verde. Él hizo una aparatosa reverencia quitándose el sombrero. Ella golpeó suavemente con su dedo índice la parte delantera del suyo. Llovía. Él desplazó su brazo señalando en dirección al interior del jardín. Ella comenzó a andar y él la acompañó. Anduvieron juntos y en silencio. El sonido de la lluvia era maravilloso, mejor que cualquier conversación posible. Él, situado a la izquierda, miraba a la izquierda. Ella, situada a la derecha, miraba a la derecha. Árboles. Plantas. Verde. Llovía.
Avanzaban lentamente. Al llegar al primer cruce ella decidió tomando la iniciativa. En el segundo, él se adelantó. Y en el tercero, ambos trataron de mover el timón, pero en sentidos opuestos. Ante ello, ambos se pararon y se miraron. Fijamente. Eran desconocidos. Sin embargo, aquel juego era divertido. De nuevo, él se quitó su sombrero y con un movimiento de la mano que lo sostenía mostró el camino que prefería mientras le ofreció la otra para ayudarla en aquel cambio de dirección. Ella, sonriente, accedió. Llovía.
Jugaron y giraron durante largo tiempo hasta que, tras la alternancia de decisiones, se encontraron justo enfrente de la puerta original. Todo, sin decir nada. Por primera vez, ella se salió del camino y se adentró en la vegetación. Vio dos pequeñas flores azules que sobrevivían juntas entre inmensos árboles procedentes de Canadá. Con convicción, las arrancó y volvió junto al hombre del sombrero verde. Con las flores en una mano, las dispuso enfrente de él y este eligió la de la derecha. Ella era una gran poetisa. Llovía con fuerza.
Cruzaron la puerta y caminaron unos pocos metros. Finalmente, él se detuvo. Ella continuó un paso más y se dio la vuelta. Se miraron. Usaron en ello tiempo, mucho tiempo. Él hizo una reverencia quitándose su espectacular sombrero de copa verde y ella se lo cogió cuando este extendió el brazo con él. Tras ello, la atrevida dama lanzó al aire el suyo y se dio nuevamente la vuelta. Comenzó a caminar mientras se enfundaba aquel peculiar gorro. Llovía.
Él evitó que aquel símbolo de espíritu vaquero besara el suelo con un ágil movimiento de su mano derecha. Estaba quieto, de pie, mirando al frente. Llovía con fuerza y lágrimas de lluvia descendían por su mejilla al ver como aquella bella muchacha se alejaba. Cuando ella desapareció, bajó la mirada al suelo. Por accidente, reparó en el interior del sombrero de vaquero que sostenía en la mano. Dentro de él, reposaba una pequeña fotografía. La sacó y observó con detenimiento. Se quedó perplejo. Dio la vuelta a la fotografía y se encontró con un nombre de pila y un teléfono. Un calor vital le recorrió cada célula del cuerpo.
- Cuando llueve, sonríes o te mojas. - pensó al darse cuenta de que no había caído en que estaba total y absolutamente empapado.
martes, 8 de septiembre de 2009
Ojos claros
- Después de descubrir la vacuna que salvará a miles de personas, después de revolucionar el mundo, después de ser tildada por todos de auténtica heroína... ¿cómo se siente? - preguntó amablemente.
- Y es que aquel que nunca defendió sus sueños, se traicionó a sí mismo. Aquel que jamás luchó, no es siquiera comparable a un simple arbusto de carretera. Al menos, éste último trata, con gran coraje, de hundir sus raíces hasta el corazón mismo del planeta y enérgicamente pelea por alcanzar al sol en las alturas. La lucha hace al hombre. Y aquellos, miserables, que nunca enfundaron su voluntad cual hacha de guerra, los que únicamente llegaron al mundo, vieron y se marcharon en silencio y sin tocar nada, no son hombres. Son cobardes.
El que decidió no soñar para no caer una, dos ó mil veces, sucumbió ante la propia vida en un único y letal tropezón. Aquel que prefirió cerrar los ojos por temor a deslumbrarse es, efectivamente, ciego. Y claro, los que tienen piernas pero prefieren no correr, no podrán huir del fuego en días de incendio. Igualmente, esos imbéciles que rechazan viajar al cielo, a pasear entre las estrellas, por miedo a no encontrar el camino de vuelta, siempre estarán de por sí perdidos. El que no quiera ganar, perdedor será. Aquel que no fue capaz de desatar siquiera una sonrisa, aquel que siempre rechazó jugar, podría simplemente desaparecer entre las olas.
Los amantes de los disfraces, los que placenteramente se ocultan tras escudos y fortalezas, habrán perdido su valioso tiempo ocultando su verdadero espíritu, seguro más bello que cualquier disfraz. Las palabras guardadas que deberían haber sido ser soltadas, las lágrimas evaporadas que deberían haber sido derramadas, queman y torturan a fuego lento a sus temerosos dueños hasta volverlos locos. Los débiles morirán en la selva. Aquellos que construyan cadenas donde no debería haberlas son los verdaderos esclavos, embargados por la necesidad de que los vean guapos ya que ellos se ven feos. No obstante, el hombre que jamás galopó a caballo y sintió el aire golpeando su cara, despierto o dormido, nunca fue libre.
Aquel que no aportó, fue inútil. Quién nunca buscó una idea no es diferente de una bombilla estropeada, chatarra incapaz de devolver la luz que recibió del mundo. Y es que al que afirma nunca haberse equivocado, habría, por cínico y gamberro, que enviarle a una isla desierta para que reflexionara mirando al mar. Amigo, el que transporta veneno, se envenena. Y el de corazón negro, ennegrece lo que toca. Aquellos que nunca miraron a los ojos, sólo pudieron ver pies. También el que alberga rencor va, poco a poco, vendiendo su alma al odio y la desesperación. Más valdrían cuatro insultos y cinco puñetazos para liberar tan corrosiva carga.
El, sublime desgraciado, que nunca amó, no vivió.
Todos y cada uno de los demás, esos, son auténticos héroes. - sentenció visiblemente emocionada la chica de ojos claros.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Altos vuelos
Le encantaba oler las nubes, saborearlas y atravesarlas con la decisión del pirata que surca el océano sabiéndose libre. Además, se había dado cuenta de que los problemas no tenían alas y, por tanto, no podían volar. Cada vez que se elevaba surcando el cielo, dejaba todas sus preocupaciones en tierra y, aunque fuera sólo por un rato, podía flotar en un mundo donde únicamente importaba cada instante.
Era una tremenda suerte poder conocer cada día a gente proveniente de los rincones más inesperados del planeta. Durante las travesías aéreas sus clientes le contaban fascinantes historias sobre sus lugares de origen. Le habían hablado de montañas de coloridas y sabrosas especias, de pirámides que pinchaban al cielo, de monstruosos y fieros animales que habitaban en misteriosas selvas e incluso de mujeres de una belleza que cortaba la respiración. Soñaba con poder viajar por el mundo y conocer aquellos magníficos sitios y muchos otros. Quería dar la vuelta al mundo en globo. Algún día...
La mayoría de la gente que subía al globo venía de países extranjeros y no todos poseían la moneda local. Muchos pagaban en oro ó plata. Por ello, Adrian poseía una pequeña y vieja balanza de metal con la que pesaba lo que debía abonar cada cliente. Por supuesto, también disponía de toda una ristra de simpáticas pesas patrón. Al cabo del tiempo, debido al intenso uso diario, la balanza fue perdiendo precisión y estropeándose. Desde luego, ya no podía emplearla para sus fines comerciales. Necesitaba una nueva y fiable para no adentrarse en el riesgo de hacer cálculos erróneos con oro y plata.
Se llevó la balanza antigua a su casa. Decidió coger las dos pesas patrón de mayor masa y atarlas a uno de los dos platillos de forma que quedaran bien sujetas. Acto seguido, buscó un pequeño trozo de papel y escribió en él con una excelente caligrafía "vida". Pegó el papelito a ambas pesas y dejó flotar la realidad sobre la balanza. La balanza se inclinó hacia la vida, por supuesto.
El día en que su hijo cumplió seis años le dijo que quería ir a dar una vuelta con él en el globo. Si existía alguien en el mundo que amara más al viejo globo aerostático que Adrian, ese era su hijo Christophe. Los ojos del niño se abrieron como platos y un inmenso júbilo le inundó.
Aquella tarde el cielo estaba despejado. Adrian conducía el globo de forma suave y lenta. Apenas intercambiaron palabra alguna, Christophe observaba atónito el paisaje, como siempre, parecía bajo el efecto de un placentero embrujo que cubría su cara con una enorme sonrisa. Volaron hasta que el sol empezó a desaparecer disimuladamente. Cuando sólo eran capaces de vislumbrar medio círculo, Adrian se acercó a su hijo y le abrazó dulcemente. Sacó de su mochila un objeto que estaba envuelto en un desgastado trapo.
- Christophe, este es tu regalo. - comenzó susurrando - Yo no te podré acompañar siempre, ella sí. Es una balanza, pero ni mucho menos una balanza cualquiera. Es la balanza de las sonrisas. Cuando ella sonría tú sonreirás, cuando no lo haga tu cara se teñirá de tristeza. Su funcionamiento, como el de una bonita sonrisa, es sencillo. Cada vez que algo te produzca alegría o satisfacción, cada vez que una chica no te permita pensar en nada más que en ella, cada vez que la adrenalina te haga sentir invencible, cuando vayas a pescar y tras horas esperando pacientemente, un pez muerda el anzuelo, cada vez que te apetezca saltar y bailar hasta caer rendido, cuando disfrutes con la vida y anheles seguir viviendo para siempre, escríbelo en un ligero papel y ponlo en este lado. - señaló al sólido bando de la vida - Igualmente, cada vez que tu cielo se nuble y comience a llover, cuando algún problema se cierna sobre ti con fuerza, en esos momentos en los que querrías tirarlo todo por la borda y luego tirarte tú también, cuando creas que luchar no vale la pena, entonces, escríbelo igualmente en un, aún más, ligero papelito, y ponlo en este otro lado. - señaló el platillo contrario - Cuando esos sentimientos desaparezcan, retira su correspondiente recordatorio de la balanza. En cada instante, tu rostro deberá ser un reflejo del dictamen de la balanza. Si la alegría vence, sonreirás exultante y la música del mar te hará avanzar encendido con la furia de una ola. Sin embargo, si la alegría perece, tu rostro, tu voz y tu alma envejecerán bajo el agrio silencio del que no puede amar ni a su propia vida. - apuró su cigarrillo, lo lanzó al vacío y contempló cómo el sol moría en el horizonte - Dicen que la vida siempre pesa más. - finalizó sonriente.
Cuentan los sabios que no había suficiente papel en toda Francia para poder cambiar la divina predisposición de aquella balanza de las sonrisas. Cuentan también que aquel joven muchacho, Christophe, jamás dejó de sonreir.
La vida según Silvia...
Jorge Luis Borges. Estética interior
jueves, 3 de septiembre de 2009
Koan III
El monje más joven cogió a la mujer en brazos y la ayudó a cruzar el río.
Tras despedirse de la mujer, los dos monjes siguieron caminando en silencio, el mayor de los dos muy enfadado y sin decir una sola palabra.
Al final del día al llegar al monasterio en donde tenían que alojarse, el monje de más edad le dijo al joven:
- ¿Cómo has podido hacer eso? ¡Sabes que hemos hecho voto de no tocar a ninguna mujer!
A lo que el monje más joven contestó:
- ¿Te refieres a la mujer del kimono que ayudé a cruzar? Yo ya hace horas que la dejé allí, ¿tú todavía la llevas encima?
miércoles, 26 de agosto de 2009
David y Goliat
- No, gracias. No quiero nada. - adelantó el sagaz jurista sin mirar a su acompañante.
- ¿Ni siquiera un consejo? - lanzó el vendedor.
Daniel parecía sorprendido ante la fuerza exhibida por su repentino compañero.
Daniel pensó que, de vez en cuando, entre las hormigas se alza algún león.
- La decisión es tuya, amigo. - susurró con complicidad David.
Daniel miró el reloj. Pasaban tres minutos de la hora a la que debía empezar la reunión.
- Quiero uno de tres bolas. - dijo Daniel J. Goliat.
