martes, 20 de octubre de 2009

Corriendo

Aquello iba a comenzar. Apenas cuarenta y cinco grandes zancadas y un suspiro. Y nunca mejor dicho, ya que había sido entrenado para tener que respirar una única vez durante la prueba. Luego todo habría acabado. El viento de cabeza era un inconveniente, pero no más que eso. Fue el último en situarse en los tacos de salida, mientras miraba de forma desafiante al público que defendía otras banderas. Le gustaba competir en territorio enemigo, sentía que la presión se esfumaba liberándolo como a ese niño que llega a clase con la mochila rebosante de libros el primer día de curso y la deja caer para siempre al suelo. La furia de las gradas sólo lo hacía más fuerte. El Carmina Burana desfilaba por sus cascos como la lava que desciende implacable por las laderas del volcán. Quería gritar hasta que no se pudiera oír otra cosa en aquel faraónico estadio que su salvaje alarido. Él era el rey.

Había protagonizado aquella secuencia montones de veces. Un tiempo en el que reina el silencio más sepulcral, un disparo de pistola y muchos de cámaras, y finalmente, una bestia que enloquece. En su mente, el jaleo del público se había apagado súbitamente, las otras siete calles no iban a Roma y había dado la misma orden a cada célula de su cuerpo, a cada engranaje de aquella explosiva máquina: volad, volemos.

Apoyó las manos en el suelo. Levantó la cabeza y contempló pensativo los cien metros que tenía delante. Apasionantes. Cada carrera era diferente, nueva e impredecible, como la vida. Mientras los demás corredores se preocupaban de sus contrincantes: sus marcas, sus contratos, sus técnicas y, en definitiva, sus vidas, él exclusivamente se preocupaba de si mismo, su mayor y único rival. En ocasiones incluso desconocía el nombre de sus compañeros, para él no había nada a los lados de su calle, su verdadero mundo. Tampoco solía asistir a los correspondientes eventos extradeportivos, grandes fiestas con todo tipo de oportunidades, donde se reunían los otros atletas. Prefería escapar de aquel festival de egos y placeres deslumbrantes, y pasear por la playa con su pastor alemán. Algunos le tildaban de prepotente y engreído por ello, pero sus convicciones eran demasiado fuertes.

El disparo estremeció a cada persona del estadio, a cada aficionado del mundo entero que estaba pegado a su televisión, en casa, con sus ilusiones y sus sueños en la mano, a cada trabajador que tenía una radio cerca y la mirada puesta lejos, muy lejos, más allá del océano y las montañas, en aquel círculo olímpico. Sin embargo, a él no. Amaba comenzar aventuras, sobretodo cuando veía el éxito en el horizonte. Salió con la fuerza de un tornado. Un tornado llamado juventud.

Corría. Rápido. Pensó en sus orígenes. Cuando un avión despega está mirando a los ojos, primero, y desafiando, después, a la mismísima naturaleza, y es por eso que al que te ayuda al principio es al que más debes. Mamá. Papá. Divinos conceptos. Recordó al triste boxeador que tras recibir golpes y más golpes se desploma sangrando en la silla de su esquina del ring, solo, sin nadie que le cure sus heridas ni siquiera que le escuche gemir asustado, tal y como el barco que se hunde sin remedio, espectadores ni bandera. Ahora entendía que cada gramo de amor que había recibido, cada momento y cada palabra que alguna persona había decidido compartir con él y cada mano a él tendida, eran azotes que le impulsaban y le conferían esa velocidad que le obligaba a seguir imparable hacia adelante. Volaba.

En la siguiente zancada comprendió que aquella búsqueda adolescente de mujeres bonitas debía haberse encaminado a mujeres atractivas, dado que la belleza perece pero la atracción perdura. Aquellos ojos verdes, las copas de vino a medias reposando en el suelo mientras el fuego rugía, bonitas bufandas y exposiciones intelectuales, caminar bajo la nevada guiado por el imán de un pintalabios o la compañía de marihuana, cerveza y John Lennon eran, tal vez, aviones de papel. Pero es que el que jamás ha jugado con aviones de papel, el que nunca abrió un sobre de cromos, dio dos pasos en uno, y la vida tiene demasiados pocos peldaños como para pretender brincar.

Cuando su cuerpo quiso quedarse atrás, cuando las gotas de la lluvia empezaron a golpearle violentamente la cara y el viento resopló tratando de impedirle el paso, cuando las sonrisas fáciles se esfumaron desvelando su traición, cuando una botella pidiendo bandera blanca llegó a su orilla, fue justamente el momento en que, sin saber porqué, siguió corriendo, más duramente que nunca. No entendía qué le hacía correr, no entendía porque no se paraba y se resguardaba bajo un paraguas. Por primera vez, no comprendió porque siempre se reía de aquel que usa casco al correr en bicicleta estática o de la que sufre porque no puede comer helados ya que los diseñadores un día decidieron que el número correcto era el 36. Y corrió, y corrió, como aquel inmenso Tom Hanks de mediados de los noventa. Todo el mundo afirma saber que luchando se puede perder y sin luchar se está perdido, no obstante, cuando el suelo resbala demasiados frenan.

El peor enemigo, el más diabólico compañero y el más truhán de todos los personajes es sin duda el miedo. Sus piernas aún se movían firmes cuando llegó a aquel terrible lugar. Según dicen allí es donde los leones lloran y los petroleros de sueños se marchan cargados para volver con cenizas. Un escalofrío cruzó su espalda mientras su luz interna espantaba fantasmas negros y sus piernas pedaleaban con más prisa de la habitual. En pocas ocasiones alguien caído en semejante agujero, pudo escapar. Y desde luego, jamás el que miró atrás lo consiguió. Donde los leones lloran... el fin del mundo.

Una zancada, otra zancada y otra... Estaba fatigado y la meta ya no quedaba lejos. Un músculo falló. Una duda le asaltó y otro músculo falló de inmediato. Se detuvo. Miró al público, miró a las gradas, se giró y contempló montones de vidas, montones de historias y sentimientos, cada una con sus pequeños éxitos y sus pequeños fracasos, pero todas únicas y diferentes. Levantó las palmas de sus manos hasta la altura de sus hombros y, exhausto, las observó. El tiempo pasaba y dejaba huellas. Innumerables líneas cruzaban sus manos en todas las direcciones. Una tarde de octubre le dijeron que cada línea que ondea en las palmas se debe a una aventura que en un momento u otro nos sacó una sonrisa. Ahora sí, ahora podía cruzar la meta.

Respiró. Una, dos o tal vez cien veces. No tenía sentido, a estas alturas, seguir siendo esclavo del protocolo, de las reglas, o de ataduras inútiles. Tal vez con bastón, tal vez sin él, siguió adelante, como tantas otras veces. Cuando parece que lo que uno haga da igual porque ya no habrá mañana, desgraciadamente, es el preciso momento en que se puede surfear en la ola del instante, en vez de mirar desde la orilla bajo la sombrilla de las expectativas. Siguió, siguió.

Allí estaba la meta. No mayor fin que el enésimo metro, aunque tampoco menor. Con el mítico Chariots of Fire de fondo sus piernas podían temblar, mas su espíritu, galán, aceptaba el destino. Dio el último paso, aquel que sólo dan los campeones, los leones que no lloraron y siempre avanzaron. Fue un destello, la muerte de una estrella, toda la luz que había acumulado en su corazón durante tantos y tantos pasos era ahora devuelta al universo, su hogar, donde ni la luz ni las aventuras acaban.


Fue un destello, pero qué destello...

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